jueves, 11 de diciembre de 2014

Una de escarabajos



Un amigo me dijo hace poco que lo importante de escribir entradas en un blog no es lo que cuentas sino cómo lo cuentas. Yo estoy de acuerdo con él, pero también le dije que hay temas a los que se les puede sacar poco rendimiento.
—Dime uno —me pinchó.
—No sé, el escarabajo que me encontré patas arriba hace unos días.
Después de soltar una de sus risotadas, esas que llaman la atención de todo el mundo alrededor y que a mí me hacen palidecer, me dijo:
—Quiero la historia de ese escarabajo.
—¡Anda ya! —le respondí. Bueno, le dije otra cosa, pero aquí quedaría feo—. Si quieres escribo sobre lo bonito que ha sido hoy el amanecer, sobre los colores que formaron las nubes en el horizonte…
—Qué aburrimiento. Cuéntame qué pasó con el escarabajo, tratándose de ti seguro que ha sido toda una aventura.

Puse cara de circunstancia y le dije que era un exagerado. Luego cambié de tema para que se olvidara del asunto.

Esa noche me fui a dormir con el coleóptero girando en círculos a cinco centímetros al norte de mi cabeza, como si fuera un b-boy haciendo breakdance (un "b-beetle", en este caso), dispuesto a no dejarme pegar ojo con sus acrobacias. 
En buena hora se había cruzado en mi camino, aunque, a decir verdad, yo me había cruzado en el suyo porque él poco podía hacer para apartarse de mi trayectoria. Era la tercera vez en dos días que lo encontraba de esa guisa; pateando al aire y esperando indefenso un final poco alentador.

Confieso que soy muy sensiblera cuando se trata de animales, y que enseguida hago pucheros si encuentro a uno en apuros, aunque mida dos centímetros cuadrados, sea negro como un agujero... ídem, y feo con exponente elevado al infinito.

Por eso mismo, porque me dan lástima, jamás reconoceré haber atropellado a aquel sapo, por mucho que mi marido se empeñe en decir que le pasé por encima con la rueda de mi coche. Lo negaré incluso si me atan a un poste, me bañan los pies con sal y luego sueltan cuatro cabras para que laman mis pies durante tres horas (una extraña tortura china). Yo no lo vi, y además tendría que haber notado un «crunch» o un «plaf», o lo que sea que hagan los sapos cuando revi… uf, esto no puedo ponerlo.
Creo que me quería cargar a mí el muerto, pero yo me mantuve firme y ni siquiera me acerqué a ver la prueba del delito, el supuesto parchazo sanguinolento, la nueva dimensión extraplana que había adquirido el bufo bufo bajo la enorme y oscura rueda de mi coche; la presunta matasapos.

Y ojos que no ven, sapo que no existe.

Pero volvamos al escarabajo, que es lo que le interesa a mi amigo.

Lo que no acabo de entender, aunque el fantasma de Laplace se me meta en el cuerpo unos minutos, es por qué era yo, y solo yo, la que lo encontraba. ¡Somos tres en casa! Ya sé que no es una multitud, pese al dicho que dice que dos son compañía y tres.... En fin, que no me digáis que no es casualidad (ley de probabilidad fallida).  

El primer día me agaché veloz y ligera como una ardilla y, con un pequeño toque de mi dedo —sí, lo toqué, y no es para tanto—, su cuerpo quedó en la postura natural. 
Entonces reí con esa satisfacción que se siente ante las buenas acciones. «Hala, Leroy —lo llamé Leroy en honor al bailarín de Fama, aquella serie de hace mil años—, vete por ahí a comer lo que sea que comas», pensé. «Y para la próxima ten más cuidado».

Al día siguiente por la mañana volví a encontrarme a Leroy exactamente en la misma posición, pero en distinto lugar. Pensaréis que no se trataba del mismo escarabajo, pero era él, lo supe porque mantenía un diminuto trozo de hoja pegada al abdomen. 
Esta vez no me moví tan rápido como la primera y cuando me agaché a su lado me dije que al tal Leroy le gustaban las emociones fuertes. Tal vez fuera en escarabajo el equivalente humano a un Bear Grylls o un Frank de la jungla. Vamos, un suicida en potencia.

Le giré el cuerpo, por segunda vez, con una hoja, y se marchó en línea recta. «Me debes dos», pensé.

Esa misma tarde, Leroy apareció de nuevo ante mí, y no me sorprendió comprobar que en realidad no había avanzado mucho desde la mañana. Volvía a estar patas arriba, y así es difícil caminar. Polo, mi Yorkshire Terrier, estaba a mi lado. Arrimó el hocico a Leroy, amusgó las orejas y decidió que ni era peligroso ni apetecible. Luego me miró con cierto hastío.  «Este tío quiere que le maten», parecía decirme con la mirada.

Me dio por pensar que tal vez los escarabajos se reproducían de esta forma, con sus propatas, mesopatas y metapatas apuntando al firmamento, y que esa era la postura habitual para un escarabajo en celo… Pero esto me pareció una soberana tontería. Así que no comprobé si en realidad le estaba aguando la fiesta a Leroy o es que disfrutaba de una clase de yoga para escarabajos. Lo empujé de nuevo con un dedo y le di la vuelta.

Cuando lo estaba viendo desfilar a paso ridículo, se me ocurrió retirarlo del suelo de pizarra, que para él debía de ser como un desierto negro, y lo intenté llevar al césped. Pero cuando lo toqué, oí un débil sonido. Me sorprendí bastante, porque no sabía que algunos escarabajos fueran estriduladores, como los grillos o los saltamontes. 
Me quedó claro que no le gustaba que lo tocara, y creo que si el Dr. Dolittle hubiera estado a mi lado para traducir las señales sonoras del animal, posiblemente no me habría gustado lo que pensaba de mí.

Hace días que no veo a Leroy, y la verdad es que lo echo de menos. Ya me había acostumbrado a que me mostrara sus patitas en aquella postura embarazosa, poco digna incluso para un escarabajo.

En casa le hemos hecho un retrato robot, por si alguien lo encuentra. Se nos ha ido la mano con los colores pero si os lo imagináis un poco más moreno lo reconoceréis enseguida.




2 comentarios:

  1. Me hace mucha gracia que de un plumazo hayas desmitificado a Kafka. Eres grande, Mayte. No me extraña que estés en el TOP.

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    1. La verdad, Mercedes, es que la imagen de un bichito pateando al aire no da para mucho. Seguro que si al tocarlo yo me hubiera transformado en un escarabajo enorme, sería otra cosa, y si no, como bien apuntas, que se lo digan a Kafka. Besos.

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