jueves, 20 de agosto de 2015

Confesiones de una camarera en apuros





Estoy parapetada detrás de la barra del Honky Tonk, un bar country situado en el madrileño barrio de Lavapiés. Es cerca de la medianoche y a estas horas las jarras de cerveza se me hacen tan pesadas como los kilos de rímel que me cubren las pestañas, que más parecen dos colas de guacamayo que simples pelos en los bordes de los párpados. Sobresalen tanto que, en vez de proteger los ojos de cuerpos extraños, los espantan.

Revoloteo la mirada por el local buscando  a Didi, y la encuentro sirviendo unas hamburguesas en la mesa Oklahoma a unos trogloditas que parecen dispuestos a agotar las reservas de carne roja de toda la ciudad. A mí me toca servirles las cervezas, por segunda vez, y apostaría las bragas de Didi a que el tipo de pelo grasiento intenta meterme la mano por debajo de la falda, como ha hecho con mi amiga. Claro que ella tiene un carácter endemoniado, y ha logrado paralizar la tentativa del individuo con solo una mirada.

Es lo que más admiro de ella, que es capaz de convencerte de algo sin dirigirte la palabra. Así, sin más intervención ni esfuerzo por su parte. A veces creo que es una versión moderna y femenina de Yoda, el enano orejudo de Star Wars, y que en esta ocasión le ha transmitido al hombre algún mensaje directamente a la mente:

"Si tocarme el culo quieres, aguantar la hostia debes".

Pero yo no tengo tanta fuerza interior, ni nada que se le parezca, y sé que no podré reprimir el ataque  directo de Pelo Grasiento. Mi mirada es más dulce que una piruleta, y por mucho que frunza el ceño no consigo poner cara de Hannibal Lecter. 
Es inevitable. Incluso he ensayado delante del espejo mi expresión más amenazadora, pero, incluso así, mi imagen es tan tierna como un monito tomando el biberón.

La verdad es que odio este trabajo. Bueno, en realidad he odiado cada trabajo que he tenido hasta el momento, todos en torno a la hostelería y el mundo de los teleoperadores.  
Y si hay algo que he aprendido en este tiempo es que a la gente se le activa la vena graciosa cuando habla por teléfono, sobre todo cuando se trata de una llamada anónima. Podría contaros cientos de anécdotas, montones de bromas de mis tiempos como camarera-telefonista en una franquicia de Telepizza.

—Telepizza, ¿dígame? —respondía yo al primer ring.
Buenas, quería una pizza familiar con doble de mozzarella, bacon, aceitunas y esas cosas vegetales…
—¿Alcaparras?
—No, esas que vienen en láminas.
—¿Champiñones?
—Pues tócame los cojones.

Podría seguir hasta mañana.

Lo dicho, la gente es muy graciosa, pero al final de una jornada oyendo chistes cuya misión no es otra que partirse el culo de risa a tu costa, a mí siempre se me inflama la vena yugular de tanto reprimirme. Porque ese es otro asunto denigrante: al cliente siempre se le responde con amabilidad, da igual lo graciosillo, irónico o maleducado que sea, tú te muerdes la lengua y respondes con educación, por mucho que se te hinche la vena y te lata en el cuello de forma inquietante.

Por eso no sabría decir qué era peor, si soportar repetidas broncas y chistes telefónicos o reprimir los ataques lujuriosos de los clientes del bar.

Claro que en este último caso la culpa es de nuestro jefe, que nos obliga a vestirnos de cabareteras del lejano Oeste, unos atuendos que rozan la indecencia y apenas nos cubren las tetas. Para colmo, todas las noches en dos pases, a las diez y a las doce, suena de forma automática el Galop Infernal de Offenbach, vulgarmente conocido como cancán. Entonces nosotras, cuatro camareras en total, tenemos que dejar lo que estamos haciendo y ponernos a bailar. A mí no me resulta difícil, porque tengo sentido del ritmo y sé moverme. Pero para Didi es un auténtico suplicio, y se pasa los tres minutos con la lengua fuera, literal y ligeramente torcida hacia la izquierda, en un acto profundo de concentración. No se le da muy bien bailar, en eso también se parece al maestro Yoda, pero la contrataron porque es guapa y tiene buen cuerpo.

Me apuro con las cervezas. Faltan dos minutos para que comience el segundo pase de la noche y no quiero que la música me pille en medio del local con tres jarras de cerveza en cada mano. Me ocurrió una sola vez, cuando apenas llevaba una semana trabajando en este sitio, y mi jefe me había aniquilado con la mirada, como si hubiera cometido un pecado capital. El muy cretino.

Aprieto el paso y llego a tiempo con las bebidas a la mesa de los trogloditas. Dejo las jarras delante de sus ojos vidriosos y el del pelo grasiento, rebozado por dentro de alcohol y testosterona, alza la mirada calenturienta hacia mí. Intercepto su sonrisa lasciva e intento hacerle un placaje con la mirada.

Pero no funciona. 
Ya os lo había dicho.

Tal como he previsto, intenta colar su mano por debajo de mi falda. Sabe que nuestro jefe no va a echarse las manos a la cabeza al mismo tiempo que le grita: "¡Oh, Dios mío, ¿qué has hecho?! ¡Sal de aquí antes de que te parta dos costillas y algún que otro hueso innombrable!". 
No, nada de eso. Mi jefe no iba a mover un dedo para defenderme. Ni a mí ni al resto de las chicas. 
Sin embargo, Pelo Grasiento ignora que bajo mi apariencia de ángel se esconde un carácter vengativo.

Noto su manaza rozando el miriñaque de mi falda. Antes de que esta logre agarrarme el trasero, mi mano derecha vuelve a sujetar una de las jarras, cargada con medio litro de cerveza, en un inequívoco gesto amenazador.

Nos retamos con la mirada. Él deja su mano en suspensión, a tres centímetros de mi culo, por debajo del petticoat, yo sostengo la jarra de cerveza en alto y le digo mentalmente, con mi cara de ángel vengador, que si me roza las carnes le voy a lavar el pelo mugroso con cerveza.
Sus amigotes, atentos a lo que ocurre, comienzan a palmear la mesa en un claro acto alentador. Pelo Grasiento no aparta su mirada de la mía, ni yo de la suya, como en un verdadero duelo del Oeste. Envalentonado, aproxima la mano otro centímetro, yo levanto la jarra un palmo más arriba y la coloco justo encima de su cabeza, dispuesta a vaciarla. Un nuevo pulso con la mirada y después noto sus dedos rozando mi trasero. 

¡Será cabrón!

Decidida, voy a echarle la cerveza encima, pero entonces, y para mi disgusto, comienzan a sonar las primeras notas del Galop Infernal. Y me retraigo. Enfurecida, roja de ira y tragándome el sabor de la bilis que me sube por el esófago, dejo la jarra en la mesa ante el entusiasmo de los trogloditas, que celebran la victoria de Pelo Grasiento con vivas y vítores.

Me reúno con las chicas en el centro del local y comenzamos a bailar: yo con gesto de exterminador de villanos, y Didi con la punta de la lengua señalando al Oeste. Mis pasos son automáticos y mi expresión refleja lo harta que estoy de este maldito trabajo y de un jefe que roza la misoginia.

Las cuatro seguimos el ritmo frenético de la música, unas con más dificultad que otras. Levantamos nuestras faldas y las agitamos hacia los lados, dejando a la vista ligueros y  culottes con volantitos. Cuando el cancán entona su parte más desaforada, nosotras ya estamos subidas a la barra del local. Es ahora cuando levantamos la rodilla derecha hasta que roza nuestra cintura y nos la sujetamos con la mano. Entonces a Cristi, que está a mi lado y ha presumido toda la jornada de haberse zampado un fabada mortal en el almuerzo, se le escapa un cuesco sonoro, audible, esplendoroso en toda su esencia asturiana. Me mira de reojo intuyendo que lo he escuchado y me ofrece una risita de disculpa.

Me contagio de su risa y me relajo un poco, hasta que comienza el movimiento que todos están esperando. Las piernas se estiran y se encogen, arriba y abajo, arriba y abajo, esbeltas y altivas, una y otra vez, desafiando nuestro sentido del equilibrio. Por las miradas que me prodiga Cristi sé que ella compone su propia sinfonía, pero yo ya no oigo otra cosa que las notas endiabladas del cancán.

Didi está a mi izquierda, y en esta parte de la pieza siempre la agarro con fuerza, con la mano que tengo libre, porque temo que se vaya abajo y nos arrastre a las demás, aunque hasta ahora siempre ha salido triunfante de cada pase. Sé que odia este trabajo tanto como yo, y no se explica cómo después de una licenciatura en Filología y un máster ha terminado bailando el cancán en un bar country. Yo me lo tomo con más estoicismo, y siempre le digo que vendrán tiempos mejores, pero lo cierto es que hace cuatro años que terminamos nuestras carreras y solo hemos conseguido trabajos de mierda.

Bajamos de la barra, sofocadas y con ciertas dificultades para tomar aire dentro de los corsets burlesque. Entonces hacemos pases individuales por las mesas con nuestra mejor sonrisa de Joker; amplia pero fingida.
Llego junto a la mesa de los trogloditas y vuelvo a sentir un sofoco de ira. Sacudo la falda delante de sus caras socarronas y el ambiente enseguida se satura de silbidos y gritos hoscos que se mezclan con nuestros trinos cabareteros. La pieza llega a su final; tan solo queda un elevamiento de pierna, la derecha, que mantenemos en alto mientras giramos el cuerpo antes de terminar en el suelo con un split o spagat , más o menos logrado.

Frente a la mesa Oklahoma, concentro la mirada en Pelo Grasiento. Él me mira embobado, ebrio, con el rostro sudoroso y la boca brillante de su propia saliva. Siento repulsión, pero mis labios esbozan una sonrisa torcida, anticipatoria, triunfal. Él advierte mi gesto permisivo y también ríe, pero  solo un instante, durante un momento frugal antes de adivinar mis planes, justo hasta que mi pierna, elegantemente estirada, derriba de un golpe certero la jarra de cerveza sobre sus pantalones. 

Por cierto, me llamo Verbena, y busco un nuevo empleo.


©Mayte Uceda