jueves, 13 de octubre de 2016

Trilogía del Mal, de María José Moreno



A veces tardo tanto en escribir una entrada en el blog que a menudo se me olvida que lo tengo. Pero hoy vuelvo por un buen motivo, como es hablaros de La Trilogía del mal de María José Moreno, una saga que me ha tenido totalmente enganchada durante su lectura.

Comienzo diciendo que no suelo leer muchas sagas, no me gusta la sensación de espera a la que te someten algunos autores con sus libros, pero me he dado cuenta de que esta trilogía es autoconclusiva en cada entrega, lo cual es un punto a favor para la autora.

Ya conocía la narrativa de María José Moreno por su best seller "Bajo los tilos", una historia intimista que había disfrutado mucho y que todavía sigue cosechando éxitos, como lo demuestra su lanzamiento este mes en formato de bolsillo.

Tengo que decir que con este cambio de registro la autora me ha sorprendido mucho. No por la temática, directamente relacionada con su profesión de psiquiatra, sino por la estructura de cada libro, por su desarrollo, por la forma de dosificar la tensión para mantenerte pegado a sus páginas y, sobre todo, por la caracterización de los personajes. Empezando por la conductora de las tres novelas, Mercedes Lozano, una psicoterapeuta que, para mí, es el punto fuerte de la trilogía. ¿Por qué? Porque estamos acostumbrados a que este tipo de personajes (psicólogos, psiquiatras, médicos etc..) se nos muestren en la literatura como personajes emocionalmente blindados, a prueba de desequilibrios externos, con una capacidad superior a la del resto de los mortales para gestionar sus emociones, mantener la sangre fría y tener siempre una perspectiva acertada de los acontecimientos.
Por el contrario, creo que María José Moreno ha creado un personaje redondo. Mercedes Lozano es una gran profesional, inteligente y entregada a su trabajo, pero también es una mujer con sus miedos, sus inseguridades, sus frustraciones y su pasado tormentoso... Es un personaje real, muy vivo, y eso a mí me ha encantado.

En la primera entrega,  "La caricia de Tánatos", Mercedes Lozano se enfrenta al Mal disfrazado de buena apariencia, a un maltratador psicológico que es capaz de arrojar a sus víctimas al abismo de la desesperación. Más que maltratador, yo lo llamaría un "destructor", porque su obsesión es dominar y destruir.   Los humanos atribuimos cualidades buenas a la belleza, como si detrás de un rostro hermoso no pudiera esconderse la maldad. ¿Quién puede sospechar maldad detrás de alguien así? A ver ¿quién?


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Sin embargo, -y tengo que escribir esto sin mirarle a los ojos a ese de ahí arriba-, es el tipo de Mal más siniestro, porque no se ve venir, porque algunas veces se encuentra camuflado tras la fachada de una persona carismática y atractiva.   Mercedes tendrá que enfrentarse a esta mente enferma en varias ocasiones. Los diálogos entre ellos, en los que se instala una relación de poder, me han parecido de lo mejor del libro. He disfrutado (como lector, y desde el aspecto literario; no disfruto de otro modo con la perversión) con cada palabra arrojada en ese contexto dual en el que ambos pujan por derrotar psicológicamente al otro. La psicoterapéuta es inteligente, pero su oponente también, y encima este último carece de escrúpulos o moralidad, lo que le da mucha ventaja. Final impactante y, aunque es autoconclusivo, querremos pasar de forma inmediata al siguiente libro.

En la siguiente entrega "El poder de la Sombra" se nos muestra el lado más profesional de la psicoterapeuta Mercedes Lozano mientras trata de recomponer la mente enferma de Rosa María Luque, acusada de varios asesinatos y que carga con un terrible historial de abusos sexuales durante la infancia. Asistimos en este caso al desarrollo de una investigación a tres bandas, a la exposición de un profundo conocimiento de la mente humana, que no resultará abrumador  para el lector profano en la materia, al contrario, la autora utiliza un vocabulario sencillo y asequible. Un final sorprendente nos aguarda en las últimas páginas en las que, una vez más, la pluma de María José Moreno brilla por su abrumadora capacidad de recrear la mente de un ser malvado y enfermo. Pelos de punta al final, os lo aseguro. Os dejo el book trailer para que os hagáis una idea.



La trilogía se cierra con "La fuerza de Eros" que trata un tema tan actual como es la vulnerabilidad de los más jóvenes en las redes sociales. La historia se desarrolla en un ambiente pedófilo que nos hará removernos en el asiento y nos dejará, una vez más, los pelos como estiletes.  De nuevo aparece una mente malvada, o tal vez debería decir enferma. Pero ¿dónde termina la locura y comienza la maldad?  La autora nos mete en la mente de Ernesto, un cazador en la red con una aparente vida normal. Eso es lo que da más miedo, que detrás de una vida corriente puedan esconderse los deseos más inconfesables y los instintos más perturbados del ser humano.
En esta entrega todo se complica hasta límites insospechados, y cuando creemos haber dado con las respuestas, nuestras teorías se desmontan y aparece un nuevo giro de tuerca que te obligará a devorar los últimos y angustiosos capítulos. Y son angustiosos, os lo aseguro.

Este último libro es el más duro e impactante de los tres, a mi modo de ver, el más claustrofóbico y tenso, por su fuerza y ritmo narrativo, por los acontecimientos que te hacen aguantar la respiración y correr por las páginas hasta llegar al desenlace. Y llegas a ese final, y te das cuenta de que tienes un nudo en la garganta, y cuando cierras el libro y respiras, piensas: ¡Joder!

En fin, que han sido unas semanas de lectura trepidantes, y todo un lujo poder leer la trilogía del tirón, la he disfrutado muchísimo y por supuesto la recomiendo a todo el mundo.
Doctora Moreno, más Mercedes Lozano, por favor.

viernes, 27 de mayo de 2016

The Walking Desk




Hace tiempo que me preocupa el hecho de pasar muchas horas sentada delante del ordenador. Es uno de los problemas más importantes que le veo a este trabajo/pasatiempo de escribir novelas, sobre todo cuando empiezas a tomártelo en serio y te impones horarios que te obligas a cumplir con disciplina norcoreana.

En  mi caso son cinco horas por la mañana y unas dos por la tarde en momentos en los que estoy desarrollando una historia, pero a veces pueden ser más, depende de si también escribo en el blog, tengo mucho texto que corregir/revisar, o estoy documentándome para algo nuevo, por no hablar del tema redes sociales, tan importantes para la promoción pero que, por desgracia, también manejas con la silla pegada al trasero. 

Las horas se pasan volando y, cuando te das cuenta, el cuerpo se resiente y te grita desde dentro que levantes el culo de la silla y salgas a dar un paseo. Y tú lo haces, y agarras la correa del perro, se la pones con impaciencia y comienzas la caminata con un vigor que parece innato en ti pero que se vuelve en tu contra cuando llevas quince minutos a todo gas. Entonces empiezas a jadear, y tu perro también, pero él de forma más natural que tú, porque además de hiperventilar también estás roja como un tomate, y cuando te cruzas con un vecino y te pregunta si has venido corriendo, tú le respondes avergonzada que has echado una carrerilla porque quieres mantenerte en forma y eso... 
Dejas atrás al vecino y avanzas notando una extraña sobrecarga en las piernas que te hace pensar que la comida se te ha bajado de repente a los gemelos. Pero la cosa no termina ahí, porque pronto la sobrecarga te invade el glúteo mayor, el menor y el medio, e intentas girar el cuello hacia atrás para comprobar que ningún desaprensivo haya colado una bolsa de piedras dentro de tus pantalones,  y al final te das cuenta con horror de que todo lo que intuyes ahí detrás es tuyo y solo tuyo.
Llegados a este punto me paro en seco. El perro sigue caminado como si nada, con sus patitas cortas y atléticas hasta que la correa le pega un tirón y no le queda otra que detenerse. Se da la vuelta y me mira con cierto resentimiento, previendo que el paseo se acaba de terminar. 
Han pasado veinte minutos, y vuelvo a casa con la sensación de haber perdido el tiempo y notando los remordimientos corroyéndome por dentro por no haberme quedado a corregir lo que había escrito por la mañana.

Treadmill Desk
Con todo esto quiero decir que el trabajo de escritor es muy sedentario, y yo no me siento bien cuando no me muevo. Por eso decidí tomar medidas drásticas. Me dije que tenía que haber alguna forma de hacer ejercicio mientras escribía, y lo primero que se me vino a la cabeza fueron esos pedales que colocas frente a la silla y que anuncia la televisión.
Pero no me entusiasmaba la idea. Nada en absoluto.
Navegando por internet conocí los Treadmill Desk (escritorios adaptados a las cintas de correr) que tan de moda están en USA -como no- y que vende Amazon por el módico precio de 700$. A eso habría que añadir el coste de la cinta de correr. 
Al principio me pareció una idea ridícula. Nunca me han gustado las cintas de correr porque prefiero salir a caminar fuera, pero las circunstancias han cambiado y, según algunos estudios, caminar una hora al día no compensa las horas que pasamos sentados, sobre todo si son más de cuatro.

Seguí buscando opciones y vi algunos vídeos sobre si era posible caminar y escribir en un ordenador al mismo tiempo. Todo indicaba que sí, pero yo tenía mis reservas. Me preocupaba no tener suficiente concentración para hacerlo todo a la vez.
Probé algunas cintas y caminé en ellas. El cuerpo no se mueve mucho a una velocidad de 2 a 2´5km/h, y eso me animó. Entonces decidí que me compraría una cinta de caminar y que le acoplaría  mi propio escritorio. Cuando fui a las tiendas a mirar distintos modelos siempre me preguntaron para qué la quería; no es lo mismo una cinta para correr que para caminar, y el precio tampoco es el mismo. Yo explicaba mi plan, y creo que más de uno pensó que era un poco excéntrica. El dependiente de El Corte Inglés, sin embargo, me dijo que no era nada raro, que había vendido una máquina de 1700€ para que caminara un perro. Así que lo mío no era tan extravagante. 
Allí mismo me compré una BH a muy buen precio, obviando las advertencias de mi marido que insistía en que eligiera una que se plegara del todo para que entrara debajo de la cama cuando me cansara de ella. Cosa que, según él, ocurriría sin remedio.

En fin, quince días más tarde llegó mi flamante cinta nueva. La tabla que utilizo de escritorio me costó 12€ y me hace el mismo servicio que el Treadmill desk de 700$.

Ya han pasado tres meses desde que la tengo, y puedo hacer una valoración bastante aproximada de su utilidad. 

A favor:

Se puede escribir y caminar al mismo tiempo, siempre que la velocidad no exceda de 2,5km/h. A más velocidad el cuerpo se mueve demasiado y es más difícil escribir, aunque yo a veces la pongo a 3km/h. 
La velocidad mínima de la cinta es de 1km/h y avanza de cien en cien metros, con lo cual es fácil de adaptar a las necesidades de cada uno. 
También se pueden aprovechar algunos momentos de descanso (de escritura) para aumentar la velocidad un rato. 
Otra opción para que el ejercicio sea más intenso a baja velocidad es aumentar el grado de inclinación de la cinta.
Un punto a favor de esta máquina en particular (BH Bladez TR101), es que es bastante silenciosa, otra de las cosas a tener en cuenta antes de comprar una. 

En contra:

Las cintas son enormes, aunque en la foto no se aprecie, ocupan un montón de espacio. 
Otro punto desfavorable (al menos en mi caso) es que cuando estoy escribiendo algo que requiere mucha concentración, tengo que bajarme.

Como veis, el sistema tiene más ventajas que inconvenientes, y yo la uso con regularidad, sobre todo cuando miro redes sociales, corrijo y releo lo escrito y también mientras escribo cosas nuevas, siempre que tenga claro de antemano lo que voy a contar. Si necesito mayor concentración, ya he dicho que tengo que bajarme o caminar muy despacio. A la velocidad mínima creo que se podría hacer cualquier cosa. Es un paso muy lento pero, aun así, me parece mejor que estar sentado.

En el tiempo que he tardado en escribir esta entrada, he caminado dos kilómetros. ¿Qué os parece? 
Creo que, definitivamente, este trasto no acabará debajo de la cama.
Ah, he olvidado decir que desde que la uso he adelgazado un kilo y medio. No era ese mi propósito, pero el cuerpo nota el cambio.













viernes, 6 de mayo de 2016

Primer capítulo de "Alicia y el teorema de los monos infinitos"




Ya está disponible el primer capítulo de "Alicia y el teorema de los monos infinitos" (ATMI).
Desde hoy podéis leer aquí el comienzo de esta aventura fresca y actual protagonizada por una viuda y un perro.

Os dejo la sinopsis:

Alicia es una joven viuda que dedica sus días al cuidado del viñedo que heredó al fallecer su marido. Tras años de soledad, decide probar suerte en la búsqueda del amor a través de Internet. Después de varias decepciones, irrumpe en su vida Marco, un enigmático y endiabladamente atractivo…¿¡corso!? 
Bajo el sol mallorquín, surgirá entre ambos una conexión instantánea y darán rienda suelta a su pasión. Sin embargo, algo no encaja, Marco es demasiado bueno para ser verdad. ¿Qué esconde bajo esa maravillosa fachada? ¿Cómo ha podido fijarse alguien tan perfecto como él en alguien tan corriente como ella? Esas cosas no pasan a los 39 años. Alicia y el teorema de los monos infinitos es una cautivadora historia de amor manchada por el vino, la pasión, las mentiras, la intriga y el humor más fresco.

A la venta en librerías y plataformas digitales a partir del 14 de junio.



viernes, 15 de abril de 2016

¡Ya vienen los monos!



Tengo tantas cosas que decir de esta novela que no sé por dónde empezar. Estos últimos meses han sido bastante ajetreados. La publicación en alemán de "Un amor para Rebeca" me ha mantenido en una nube rosa desde mediados de enero, ya que desde entonces cerca de veinte mil lectores de ese país se han asomado a la historia de Rebeca y Kenzie, algo que todavía me cuesta creer, la verdad.
He recibido mensajes muy bonitos, los comentarios en la página de Amazon-Alemania son espectaculares y, en fin, que no puedo estar más satisfecha.

Pero creo que ya va siendo hora de que me despida de estos personajes y salude a los nuevos. Rebeca me ha dado muchas alegrías desde septiembre de 2014 y en todo este tiempo no ha dejado de venderse, comentarse y recomendarse, y por ello agradezco de corazón a todos los que me habéis ayudado de una u otra forma.

Sin embargo, una nueva historia reclamará su oportunidad dentro de dos meses, y muchos me estáis preguntando por ella, en particular queréis saber a qué se debe ese título.

Yo suelo darle muchas vueltas a los títulos. De hecho, es lo que más quebraderos de cabeza me da
junto con las portadas.

Teorema de Émile Borel
En el caso de Alicia y los monos fue algo que surgió solo, pues ya en el prólogo se habla de la relación entre el teorema científico y la vida de la protagonista.
Cuando alguien cercano me preguntaba cómo se iba a titular mi próxima novela y yo dejaba caer ese título, todos, sin excepción, exclamaban: ¡¿Cómo?! Y yo lo repetía con paciencia. Luego me tocaba explicar el bendito teorema (más desconocido de lo que imaginaba), que si bien no nos soluciona la vida, nos arranca alguna risa.

En una entrevista reciente me preguntaban con qué fin había nacido "Alicia y el teorema de los monos infinitos", y yo respondía que con el mismo fin de mis otras novelas: con el ánimo de entretener. Esa es mi mayor intención, aderezada con la esperanza de hacer sentir muchas emociones al lector (si algo le sobra a esta novela es emoción y emociones), y que además se quede con la sensación de haber aprendido algo nuevo.

No voy a explicar el teorema de Émile Borel en esta entrada porque creo que está al alcance de cualquiera conocerlo. Otra cosa es la relación que pueda tener en la historia.

La novela está narrada en primera persona por una mujer cercana a la cuarentena que tras seis años viuda siente el peso de la soledad de una forma que está afectando a su vida. No asume su nuevo estado como una sustantividad propia (no hay nada malo en la soledad si es algo buscado), sino que la dota de significado emocional y sufre por ello. Las existencias ajenas le devuelven el reflejo de lo que pudo ser su vida y no fue.

"¿Por qué yo no puedo tener lo que todos tienen?", se pregunta.

 Sin embargo, el lema de Alicia es que si no estás contenta con algo intentes cambiarlo. Alicia no quiere estar sola y encara el problema mirándolo de frente, sin prejuicios, sin restricciones morales o sociales. Y se lanza al vacío sin saber si al fondo de ese agujero profundo, oscuro e imprevisible, existe un colchón mullido que amortigüe su caída.

Pese al tema  delicado de la soledad, cada vez más vigente en nuestros días, la novela está narrada en clave de humor, lo que le resta seriedad y hace mucho más amena la lectura.

Además, no sufráis por Alicia, ya que en su vida aparecerá la extravagante Nina Popova, administradora de una página de citas que se tomará muy en serio eso de encontrarle pareja a nuestra protagonista.

El escenario elegido para contar la historia es un viñedo en Mallorca; una forma premeditada de rendir tributo a una de mis antepasadas: mi tatarabuela, que era natural de la isla y tiene su propia historia.

Cuando decidí que Alicia tendría que hacerse cargo del viñedo de su marido, era consciente del esfuerzo que supondría ponerme en su piel y hacer que su bodega funcionara con eficacia, de modo que lo primero que hice fue buscar ayuda. Así encontré a Cati Ribot, de las bodegas mallorquinas Galmes i Ribot, quien se mostró tan amable y dispuesta a ayudarme que se ha ganado un sitio destacado en los agradecimientos de la novela. Gracias a sus consejos fui instruyendo a Alicia sobre el complicado y apasionante mundo de la producción del vino. Me embriagué al mismo tiempo que ella con las fragancias del hollejo de la uva  y a través de ella fui capaz de sentir en la piel los efectos producidos por el polvo, la tierra seca y el sol.

Vinos ecológicos de las bodegas Galmes i Ribot

Conocer las bodegas de Cati Ribot también fue una sensación mágica, porque una vez más tuve la impresión de estar dentro de la novela, en este caso de La Rodona, la finca de dimensiones redondeadas que da nombre al viñedo de Alicia.

Se me quedan muchas cosas por contar, como por ejemplo cómo fue lidiar con varios acentos extranjeros al mismo tiempo, la cantidad de culebrones colombianos que me tragué (con el consiguiente peligro de engancharme a ellos) o la inmersión en la historia convulsa de la isla de Córcega, tan bella, tan indómita...

Pero eso lo dejo para otra ocasión.