viernes, 27 de noviembre de 2020

Ser una persona auténtica

 


Ayer leí en un artículo que, hace una década, el autor A. J. Jacobs pasó un tiempo tratando de ser totalmente auténtico. Le dijo a una editora que le gustaría acostarse con ella si fuera soltero y también le comunicó a su niñera que la invitaría a salir si su mujer le dejara. A una niña pequeña le hizo saber que el escarabajo que sostenía en las manos no estaba durmiendo la siesta, sino que estaba muerto, y a sus suegros les dijo que sus conversaciones eran de lo más aburridas. 

Su experimento de ser «él mismo», una persona auténtica, fracasó estrepitosamente y sacó la conclusión de que jamás se le debe aconsejar a alguien que sea él mismo.  

La sinceridad está sobrevalorada. Nadie quiere saber en realidad lo que se les pasa por la cabeza a los demás, lo que de verdad piensan, porque la mente humana es un nido complejo y saturado de contradicciones. 

Por fortuna, mentimos a todas horas, nos aplicamos filtros y nos sometemos al autocontrol, de otra forma sería imposible vivir en pareja, tener un amigo de diferente ideología política o un amigo a secas.

Para muestra de la sociedad real, cruel, despiadada y sin filtros, basta asomarse a la red del pajarito, donde enseñas una fotografía de tu gato y enseguida te saltan cuatro a la yugular. Porque el gato no parece callejero, y si no es callejero es que no te preocupan los gatos abandonados, y seguro que tampoco los perros, ni la explotación de las gallinas, ni la caza de las focas, porque con toda probabilidad eres protaurina y disfrutas con el toro embolao, y que miles de animalitos inocentes mueren bajo el peso de tus botas cuando caminas por el bosque. Luego te adjudican un bando político, y entonces vienen los ¡¡¡Fascista!!! O ¡¡¡Roja!!! ¡¡¡Deberían encerrarte en una jaula y echarte maíz para que sepas lo que sufre una gallina!!!

El nivel de violencia verbal va en aumento retroalimentándose comentario tras comentario y, al final, ni los primeros ni los que se fueron uniendo convocados a golpe de arroba, recuerdan por qué empezó todo. Porque solo vieron la oportunidad de atacar y deshacerse de la rutina, que mata más que los cigarrillos, de la insatisfacción personal y de las frustraciones, que también son letales para la salud. 

Así que imagino que la red del pajarito cumple, en el fondo, una función social, y que todo aquel que se convierta, en un momento dado, en el blanco de la diana, no se lo debe tomar como algo personal. 

Faltaría más.




jueves, 15 de octubre de 2020

Don Quijote de La Malcha


Descubriendo La Mancha; descubriendo a Don Quijote





Os traigo algunos apuntes sobre la vida y la sociedad de la España de Alonso Quijano, la misma España que siglos después haría de las aventuras de un loco soñador, honrado, inteligente y admirable orador, su libro más universal.

Allá se fue nuestro aspirante a caballero a principios del siglo xvii, vestido con la armadura de sus bisabuelos, dispuesto a encontrar un sueño idealista en campos castellano-manchegos, ávido de aventuras y heroicidades, en pos de una doncella en apuros o de bandidos y malhechores que asaltaban los caminos.

Salía a la aventura huyendo de la realidad doméstica.

Hidalgos, escuderos, cabreros, duques, doncellas, pícaros, galeotes, frailes, ventas, posadas y castillos son el reflejo fiel, aunque artístico, de aquella época.
El Quijote presenta, sobre todo, una visión social del ámbito rural, solamente interrumpida por el episodio de Barcelona, lugar donde nuestro hidalgo finalmente se verá reflejado en el demoledor espejo de la realidad.
La Mancha era una tierra de molinos de viento, labradores, pastores, tratantes de ganado y mercaderes de seda.

En cuanto a los caminos o los pueblos, es curioso que no se encuentre en toda la novela ninguna descripción, tan solo las emociones que vierten los personajes al evocar las referencias de cada lugar.
Sin embargo, sí sabemos que las ventas tienen un papel importante en la obra. Se describen como lugares poco confortables donde los venteros podían robarte hasta los calzones al menor descuido. Allí se reunían arrieros, caballeros, prostitutas, viajeros, cuadrilleros de la Santa Hermandad y todo cuanto cabía en el imaginario cervantino.

En el aspecto gastronómico, parece ser que Don Quijote no pasaba hambre, aunque sus escasos recursos no alcanzaban para grandes festines culinarios. Destaca en la novela la mención a la nutritiva olla podridaque era una mezcla de verduras, carnes, aves, tocino, embutidos y todo lo que había a mano y que sirviera para dar un poco de sustancia al caldo.  

Vellones
Como sutil pincelada al aspecto económico, cabe destacar que un galeno ganaba 300 ducados, mientras que un barbero se llevaba al cincho 20 000 maravedís (53 ducados). Cada ducado equivalía a 375 maravedís y había monedas de medio ducado, de cinco, diez, veinte o cincuenta.
En el mercado se podía comprar un buey por 15 ducados, una ternera por 5 y un gorrino por 4. Sin embargo, estas no eran las únicas monedas en curso en tiempos del Caballero de la Triste Figura; también circulaban reales de plata, blancas, cuatrines, ardites, sueldos, vellones y otras muchas monedas que aparecen a lo largo de la novela.

En el contexto histórico, España vivía tiempos de declive. En un imperio en el que nunca se ponía el sol, comenzaban a divisarse las primeras sombras. Cervantes tendría su momento de gloria tras la victoria en la batalla de Lepanto, en la que participó y en la que perdería una mano. Volvió a casa curtido en el arte bélico a base de repartir estopa a los turcos, empecinados en dominar el Mediterráneo occidental. Años más tarde, el desastre de la Armada Invencible marcaría el principio de la decadencia de España como gran potencia, eso sin mencionar la interminable Guerra de Flandes, que consiguió vaciar las arcas de la Corona española y hundir la economía. Si a todo esto le sumamos la hambruna y la peste que asolaban por entonces aquellas tierras, tendremos un reflejo aproximado de lo que era la vida en tiempos de Miguel de Cervantes, tiempos de crisis económica y social que alentaban a la evasión de la realidad.

Nunca fue tan olvidado Cervantes y nunca nos ha hecho más falta que ahora. Son muy pocos los que pueden levantar la mano asegurando que han leído a nuestro Quijote. Su lectura no es obligatoria en la enseñanza secundaria, seguramente por eso de que «obligar traumatiza», aunque lo verdaderamente sangrante es que ni siquiera sea una lectura recomendada por el ministerio de Educación.

En casa siempre hemos tenido un tomo del Quijote, y recuerdo que de pequeña lo hojeaba solo por el hecho de que era el libro más voluminoso y el que más destacaba de cuantos había en la librería. Cuando crecí, me aventuré a zambullirme dentro de sus páginas, y descubrí la imagen entrañable de un viejo soñador cuerdo —«Yo sé quién soy»—, blanco de multitud de bromas y humillaciones, que aun así mantiene el ánimo y la ilusión que lo impulsaron a partir. La misma ilusión que su creador, porque, a fin de cuentas, en la literatura, como en otras cosas de la vida, nadie pone lo que no tiene. Cervantes fue un soldado en la guerra, sufrió cautiverio, soledad, fracaso y decepción. Con todo ello, dejó un legado a la humanidad en forma de genial parodia, de humor inteligente refugio de algunas almas desventuradas que, si se lo proponen, encontrarán entre sus páginas un analgésico ante los tiempos de desencanto social, político y cultural que, como al autor en aquella época, nos ha tocado vivir. 

Mayte F. Uceda

martes, 5 de mayo de 2020

El experimento







     Al principio fue solo un débil ruido procedente del tejado, un ligero arrastrar sobre las tejas de hormigón que podía significar cualquier cosa; un pájaro, un gato, la rama de un árbol…, incluso el sueño de la razón que, como en la obra de Goya, producía monstruos imaginarios.
Pero no era nada de eso. Era ella, la criatura de la que habían hablado los informativos esa misma mañana. Según dijeron, se trataba de un perro agresivo que se había escapado de la perrera municipal. ¿Un perro? Esa era una descripción demasiado amable para definir aquello.
Hacía tiempo que corrían rumores en la ciudad sobre un experimento que se llevaba a cabo en el refugio de animales para tratar la agresividad canina, aunque, en realidad, no había evidencia alguna de que eso fuera cierto. Y, si la había, se mantenía en estricto secreto. 
   No, esa cosa no era un perro. Tal vez lo hubiera sido en algún momento de su vida, pero de él ya no quedaba nada; ni sus garras ni su hocico ni su extraordinaria envergadura se correspondían con la imagen de un perro, ni siquiera con la representación de un ejemplar de los más grandes.
¿Y qué demonios había en sus ojos? Eran dos hendiduras de sangre y muerte, tan brillantes que parecían capaces de incendiar el mundo.
Vi a la criatura, eso es cierto. Y ojalá no la hubiera visto nunca porque desde entonces me deshago en violentas sacudidas de terror.  Sé que viene a por mí. Y también sé que quiere matarme, como si su cerebro me hubiera marcado como a su presa favorita desde que nuestras miradas se cruzaron en el jardín.
Ocurrió hace unas horas. Ya había oscurecido del todo y yo acababa de aparcar el coche delante de mi casa. Me extrañó el desacostumbrado silencio que me acompañó mientras caminaba hacia la entrada; siempre solía detenerme unos segundos a escuchar los grillos y, sobre todo, la sinfonía de un mirlo cantarín al que no le abrumaba la noche. Pero en esa ocasión solo me llegó la ilusión acústica de mi propia sangre atropellada en las venas, sin duda arrumbada por un mal presentimiento.
Encajé la llave en la cerradura y abrí la puerta al tiempo que un ruido inesperado procedente del jardín me apremió a girarme. Entonces distinguí claramente un par de puntos rojos brillando en el arbusto de la entrada, como si me hubiera dejado olvidadas en el jardín dos pequeñas luces de navidad.
Di un paso hacia el arbusto y me ajusté las gafas en la nariz para observar mejor lo que brillaba entre las hojas. No fue hasta que la criatura salió de su escondite que pude apreciar su espantosa apariencia.
Me quedé paralizado, observando ese par de ojos de pupilas fragmentadas, rojos y rasgados como ranuras de rubí.
La criatura avanzó hacia mí agazapada como un lince, muy despacio, midiendo cada paso con sus garras desproporcionadas, afiladas, dantescas, apoyada sobre sus patas traseras. En comparación con el cuerpo, la cabeza era pequeña y triangular, parecida a la de una serpiente de grandes dimensiones, y las orejas negras y puntiagudas se asemejaban a las de un perro de presa. Su pelaje era oscuro y espeso y, en ese momento, aquella cosa calibraba la mejor manera de abalanzarse sobre mí.
La más efectiva.
Sujeté con fuerza el teléfono que, por suerte, llevaba en la mano izquierda, y cuando intuí que el ataque era inminente, encendí el botón de la linterna para deslumbrarla.
La criatura gimió, con un sonido gutural que me heló la sangre, medio humano, medio animal. El teléfono se me cayó de las manos, pero en ese lapsus de tiempo conseguí atravesar la puerta y cerrar tras de mí.


Y ahora me encuentro a oscuras encerrado en mi dormitorio, escuchando el arrastre de sus patas mientras ella busca la forma de entrar. Persigo con la mirada sus devaneos por el tejado, lamentando la torpeza de haber dejado caer el teléfono antes de cruzar la puerta.  
Estoy solo y no puedo comunicarme con el exterior.
Si salgo, estoy muerto.
Si me quedo...

Sé que acabará entrando. En sus ojos pude ver un rastro agudo de inteligencia asomado al instinto asesino que proyectaba su cuerpo contrahecho.
Nadie vendrá a ayudarme, porque nadie sabe que necesito ayuda.
Nadie… Nunca me pareció tan vacío y terrible el significado de esa palabra.
La criatura se desliza por el tejado. Cada vez la siento más cerca, como si entre los dos se hubiera creado una conexión irracional que solo los dos podemos comprender. Yo la presiento y ella me presiente a mí.
Sabe dónde me escondo.
Ya la intuyo cerca de la ventana del dormitorio. El miedo no me deja pensar, el sonido de sus garras en la madera me bloquea la mente. Quiero moverme, pero no puedo.
Entonces, el ruido cesa; percibo ese silencio como un preludio del final, porque sé que sigue ahí y que no va a marcharse hasta que consiga cazarme.
¿A qué espera?
Tras largos segundos de quietud, los nervios me traicionan.
—¡Vamos! —le grito en la penumbra, deseando que, para bien o para mal, todo acabe pronto.
Sujeto en la mano la lámpara de la mesilla de noche.
La luz no le gusta.
Tal vez tenga una oportunidad.
—¡Vamos! —vuelvo a gritar, armándome de coraje.
Entonces descubro el brillo de sus ojos asomando al otro lado del cristal; rojos, líquidos, fluidos de sangre. Se aferra a la madera de la ventana con las cuatro patas y con los garfios de sus garras resquebraja el cristal. El sonido me produce una arcada. Paladeo en la boca el sabor amargo de la bilis cuando los cristales quedan desparramados por el suelo.
Está dentro.
Dios mío...
   La figura horripilante avanza hacia mí con su mirada demoniaca. Yo estoy de pie, llorando y temblando frente a la ventana, esperando el momento propicio para encender la lámpara. Reprimo el impulso de gritar y de huir de allí, pero ninguna de las dos cosas me serviría de nada.
   Cuando la tengo delante, a solo unos centímetros, no puedo moverme. Ni siquiera soy capaz de encender la lámpara. Su mirada me inmoviliza. También puedo sentir cómo me controla la mente. 
   En medio del delirio de terror, convertido en piedra, solo soy capaz de escuchar mi respiración entrecortada y un gorgoteo extraño en el fondo de su garganta.
Siento un terrible dolor en la cabeza cuando la criatura manipula mis recuerdos para traerlos al presente.  

Una vez tuve un perro. Se llamaba Kayla, una hembra de dóberman, dócil y preciosa, que me acompañaba a todas partes. Puedo verla saltando junto a mí, durmiendo a mi lado, lamiendo mi mano... Fue hace mucho tiempo, tal vez seis años. Un día desapareció sin dejar rastro. La busqué por todas partes, con desesperación, pero jamás volví a verla. Su pérdida me entristeció tanto que nunca quise tener otro perro.

La criatura deja de mirarme y sale de mi mente. Poco a poco su cuerpo de extremidades deformes se va encogiendo y replegando sobre sí mismo hasta quedar acurrucado a mis pies, como si de pronto fuera un animal viejo y cansado que regresa a casa después de una larga lucha.
Aún sin salir de mi asombro, dejo caer la lámpara y me arrodillo en el suelo.
—Kayla…

miércoles, 29 de abril de 2020

Daños colaterales


Para aquellos que me estáis preguntando cuándo sale esa novela mía en la que llevaba trabajando tanto tiempo, os diré que la novela ya está terminada y entregada desde hace un año, y que su fecha de publicación estaba programada para el próximo mes de junio. Incluso teníamos una primera propuesta de portada. Pero como el mundo se ha detenido de repente, la publicación se ha cancelado hasta... no sé bien hasta cuándo. 
De modo que toca fastidiarse con "j".

 La novela arranca en 1918, y mis personajes viven la pandemia de gripe española que causó en el mundo entre 50 y 100 millones de muertos; las cifras bailan bastante, como ocurre también hoy. 
No fue algo que hubiera planeado escribir, simplemente no pude evitarlo por la fecha en la que transcurría la historia, del mismo modo que las futuras historias que se desarrollen en 2020 no podrán evitar hablar del COVID-19.

Estudié a fondo la pandemia de gripe española (no era nuestra, pero como el mundo estaba ocupado matándose en la Primera Guerra Mundial y España era un país neutral, nosotros fuimos los únicos que hablábamos de ella en la prensa, ya que los diarios del resto de Europa y en América no lo hacían para no desmoralizar a las tropas desperdigadas por medio mundo. Así nos cayó el sambenito de poner nombre a una de las epidemias más letales de la Historia).

En aquella época, los medios que tenían para combatir un virus tan mortífero nos pueden producir hoy un ataque de risa nerviosa, haciéndonos dar las gracias al Destino, a la Providencia o a quien nos dé la gana, por haber nacido en este tiempo y no en aquel. 
Y, con todo  ello, con todo el avance de la ciencia a nuestro favor, ya veis lo que está pasando. 

Lo curioso de aquella gripe era que no solo no afectaba a los niños, sino que tampoco parecía afectar
mucho a los ancianos. A esa gripe asesina le gustaban los cuerpos sanos y fuertes: los jóvenes, entre los que causó verdaderos estragos. Desde luego, en una Europa de trincheras con millones de hombres conviviendo estrechamente en los campamentos militares, se puso las botas, nunca mejor dicho. Algunos estadistas dijeron, incluso, que la guerra la había ganado la gripe  y no los ejércitos.

Mi novela se desarrolla en las Palmas de Gran Canaria, donde la gripe llegó más tarde que a la Península debido al estricto bloqueo naval impuesto por los submarinos alemanes durante la PGM. Estuvieron un tiempo protegidos del  virus, es cierto, pero el bloqueo tuvo terribles consecuencias en su economía, enfocada a la exportación de plátanos y tomates. Las principales compañías de exportación eran británicas,  lo mismo que las compañías que llevaban a Las Palmas carbón procedente de Liverpool para abastecer a los buques en tránsito en la ruta de tres continentes. De modo que imaginad el ahínco con el que vigilaban los submarinos alemanes las costas canarias. 
Con este panorama os podéis hacer una idea de la gran fiesta que se montó en el puerto de La Luz para recibir al primer barco que llegó a Las Palmas al finalizar la guerra. 
Pero con los barcos también llegó la gripe. 

Ya nadie hablaba de germanófilos, aliadófilos o beligerantes. Ahora solo se hablaba de "la fiebre de los tres días", porque ese era el tiempo que  la gripe tardaba en matarte. Del "soldado de Nápoles", porque la enfermedad era tan pegadiza como la canción. De "la maldita cucaracha", porque se desarrollaba y se extendía tan rápido como el insecto. Los más refinados se referían a ella simplemente como "el mal de moda". (Extracto de la novela)

Leer la prensa de aquellos días en el Museo Canario, con las hojas de los periódicos centenarios deshaciéndoseme en los dedos, fue una experiencia vital para poder plasmar en la novela todo lo que ocurrió aquellos días. 
Poco podía imaginar yo, que muy pronto nos tocaría a nosotros vivir algo parecido. 

viernes, 20 de marzo de 2020

Aquella vez en Berlín, de María José Moreno

Hace tiempo que esperaba la nueva novela de María José Moreno Aquella vez en Berlín. Sabía que llevaba un par de años trabajando en ella y que era de temática intimista, como su exitosa novela Bajo los tilos, un libro que había disfrutado mucho y que nos hace reflexionar sobre lo que sabemos de nuestros padres. 
Es muy bonita, os la recomiendo si, a estas alturas, sois de los pocos que no la habéis leído.

No son buenos tiempos para nadie. Tampoco es buen momento para la publicación. Me pongo en el lugar de María José Moreno porque sé lo que cuesta sacar adelante un libro y con las librerías cerradas no se vende un ejemplar.

Todos nos vemos afectados por este mal sueño que estamos viviendo. A mí me acaban de comunicar que la publicación de mi nuevo trabajo, que iba a salir en junio, se retrasará bastante debido a las estrategias que deben adoptar las editoriales para paliar el impacto en el sector. Duele un poco, como es lógico, porque llevo mucho tiempo esperando, pero hay tanto caos alrededor que lo entiendo y lo considero un mal menor. 


En fin, voy al asunto de esta entrada, que es hablaros de la novela de María José Moreno, a la que considero una experta en meterse en la mente de sus personajes. Algunos diréis que es su profesión, ya que la autora también es psiquiatra, pero no hay que caer en el error de pensar que alguien es capaz de escribir buenas novelas solo porque desarrolle las historias en su ámbito profesional. No es así. Debe existir un don narrativo y, sobre todo, mucho, mucho trabajo detrás.

Sé que una historia me dejará huella si sigo pensando en ella después de haberla terminado. Las novelas de María José Moreno suelen tener ese efecto y, en esta ocasión, no ha sido diferente. Es una novela para recordar.
Los personajes de Aquella vez en Berlín son emocionalmente complejos; tienen secretos, pasados difíciles, algunos dramáticos, y han tomado decisiones años atrás que tal vez en el presente afrontarían de otra forma. 

A toro pasado todos somos Manolete, ¿verdad?

Es de admirar la forma en que la autora desgrana las emociones de los protagonistas, extrae de ellos hasta sus miedos más íntimos, incluso aquellas cosas que ellos mismos ignoran, y lo hace de una forma que resulta sencilla de entender, una autopsia de sentimientos que tal vez nos puede servir de espejo emocional frente a determinadas situaciones.

Es una novela que me gustaría debatir en un grupo de lectura. Solo he estado una vez en uno de estos grupos, y fue para hablar de Cumbres Borrascosas. Fue increíble ver las emociones tan dispares que podía despertar un personaje tan tremendo como Heathcliff. El personaje protagonista de Aquella vez en Berlín, Richard Leinz, es un hombre carismático que también daría para un extenso debate. Cada lector interpretará sus decisiones de una forma distinta. Unos lo comprenderán, otros no, a unos les caerá antipático, otros sentirán empatía, otros lástima, otros pensarán que habrían tomado las mismas decisiones que él de estar en su pellejo. Todo dependerá de nuestras vivencias y prioridades en la vida, de nuestros valores. 

María José Moreno
Richard, Thomas, Marie y Lisa, son los cuatro personajes estrella de esta novela, relacionados entre sí por un mismo eje, que es Richard, el núcleo alrededor del cual se desarrolla toda la trama. Sin embargo, todos arrastran sus propios conflictos vitales, hasta el punto que sería factible un libro para cada uno.
Es la magia de crear personajes potentes.

Esta es la sinopsis oficial.

El día que el arquitecto alemán Richard Leinz recibe en su casa de Londres al señor Parker, investigador privado, descubre que hace quince años cometió una grave equivocación que marcó su vida. Atormentado por sus dramáticos recuerdos y por el dolor que causó a su alrededor, emprende una búsqueda tenaz en su pasado para intentar enmendar su error. Cuando Thomas, secretario de Richard, decide por su cuenta llamar a Marie Savard, con la que el arquitecto mantuvo una relación, no sabe que está a punto de derrumbarse todo lo que lo ha mantenido a salvo hasta el momento: ¿Por qué Richard ya no es el que era? ¿Podrá Marie ayudarlos a librarse de sus fantasmas? ¿Cómo se puede convivir con la culpa? Una historia intimista de secretos desgarradores, de amores frustrados, de palabras no dichas, de luces y sombras en el pasado de unos personajes que intentan sobrevivir en un tiempo histórico complejo mientras tratan de combatir a sus propios demonios y coger aire para disfrutar de eso a lo que llamamos vida. Las casualidades no existen. Los encuentros fortuitos tampoco.



Solo me queda deciros que conozco a María José, y sé que se deja la piel en cada uno de sus libros. Tenía muchas esperanzas puestas en esta novela, porque tiene una gran calidad narrativa y una enorme carga emocional, y porque ha trabajado en ella durante mucho tiempo, incluso en circunstancias emocionales propias complicadas. Que se haya publicado en este momento de confinamiento es una faena, aunque quiero pensar que el sector digital seguirá funcionando. 

Vivimos momentos de incertidumbre en todos los sectores, así que, sea cual sea el vuestro, mucha fuerza.

Os dejo con un fragmento que a mí me gustó especialmente y que condensa ese tono intimista de la novela: 

Cerré los ojos para aislarme en mi abatimiento. Acababa de revivir algo  que había permanecido oculto cuarenta años. Richard no había vuelto a hablar de ello y yo tampoco. Cada uno, a su manera, había echado tierra encima de aquel suceso, relegándolo al abismo, para que su recuerdo no interrumpiera nuestra existencia diaria. Hubo más decisiones nefastas ante las que tampoco hice nada. Aún tardaría en liberar por completo mi conciencia. 






martes, 17 de diciembre de 2019

Escribir novela histórica




Mientras escribía mi última novela me di cuenta de lo que me fascina bucear en el pasado y descubrir, fuera de los grandes acontecimientos, pequeñas  historias que no están en los libros. Fue tanta la devoción con la que me sumergí en un determinado período que lo que descubrí me dio pie a una nueva novela.

Hay personas que necesitan indagar en las propias raíces para comprender la clase de sociedad que somos hoy en día, tal vez la clase de seres humanos que somos. La novela histórica, en su sentido ancestral, nos muestra que, en realidad, no hemos cambiado nada en los últimos dos mil años, y para corroborar esto no hay más que leerse un rato la Biblia y ver que las preocupaciones de aquella gente eran las mismas que las nuestras.

Mi hijo Enol podría estar rebatiéndome este punto, o al menos intentarlo, desde hoy hasta el verano que viene, y tratar de explicarme la diferencia entre él y, por ejemplo, el joven Moisés.
Vale que Enol nunca ha hecho un viaje por el Nilo en una cesta embadurnada de brea, ni se ha enfrentado a la ira de un faraón egipcio, pero si dejamos estas pequeñeces a un lado, la mente de los dos podría estar habitada por los mismos pensamientos:  el sentimiento de pertenencia a un grupo social o específico, el bienestar personal en cuanto a tener cubiertas las necesidades básicas, y cierto instinto innato que nos empuja a prosperar.
Nos quitan la electricidad y nos quedamos todos en pelotas, tan indefensos como hace dos mil años.

Una de las cosas que me inquietan sobre escribir del pasado es la posibilidad de alterar los hechos con mi visión personal de la Historia. No niego que me habría gustado que las mujeres que salen en mi novela, desarrollada en 1918, fueran más liberales e independientes, pero, salvo excepciones, el modelo a seguir era el que era, y eso no se puede cambiar. Si se hace, uno corre el riesgo de caer en la propaganda, porque los sucesos históricos que rodean una trama son absorbidos por el subconsciente de los lectores de una forma capciosa.

Lo más complicado para mí, y tal vez lo más importante, fue adoptar el alma emocional de un personaje que vivió en esa época, y para eso fue necesario tiempo de estudio y reflexión. Cuando lo interioricé, entonces pude empezar a escribir.

Creo que es más fácil escribir una historia desarrollada hace cuatrocientos años que hace cincuenta o cien. Cuanto más alejado está el periodo del presente, menos fuentes tenemos para indagar y más licencias se tomará el autor, no me cabe duda.

Miro a los soldados de la imagen que abre esta entrada. Están posando para un fotógrafo al inicio de la Guerra de Independencia de Cuba en 1895. Hay uno que no parece tener más de dieciséis años. España envió a más de doscientos mil jóvenes (los que no pudieron pagarse la redención en forma de 1.500 o 2.000 pesetas).
La mayoría de las muertes las causaron las enfermedades y no los machetes de los mambises. Y los que volvieron a casa tras la derrota en la Guerra hispano-estadounidense, flacos como indigentes, fueron confinados al olvido.
Bueno, todos menos Eloy Gonzalo alias «Cascorro». A ese hasta le hicieron una estatua. Así que, si pasáis por el Rastro de Madrid y la veis, miradlo un poquito y acordaos de todos esos jóvenes a los que el gobierno ignoró a su regreso, después de haber sido enviados contra su voluntad a una guerra, en una isla tropical de la que apenas sabían nada.

Desde el punto de vista de un autor, tenemos una historia fascinante, con sus luces y sus sombras, poco explotada en mi opinión literariamente, (salvo la Guerra Civil).  Tendemos a focalizar nuestro interés en la historia anglosajona, tal vez porque ellos con su literatura y sus películas se han encargado de hacer que parezca la más importante. Pero ni es la más importante ni la más épica, pero sí la han sabido exportar mejor que nosotros. 

No sé que habría sido de La sombra del viento si Carlos Ruiz Zafón hubiera llamado a su personaje estrella Fermin Rosemary of Towers.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Los Miserables

Este es un artículo actualizado que publiqué en otro blog hace unos años para una sección titulada: Un lugar, un libro. En esta ocasión hablaba sobre París y Los Miserables. Lo rescato hoy para publicarlo en mi blog. Aquí os dejo mis impresiones. Por cierto, si no habéis visto el musical, os lo recomiendo.

*** 

Hace unos días, mientras buscaba un poco de información sobre Los Miserables, de Víctor Hugo, me he dado cuenta de cómo las adaptaciones cinematográficas o incluso los musicales de las obras importantes pueden llegar a engullir a la obra original de una forma casi absoluta. Es cierto que la última adaptación al cine de esta novela es bastante reciente (2012), pero aun así me sorprende que acapare casi toda la información sobre uno de los referentes literarios más destacables del siglo xix.
Hace mucho que la leí, y tenía algunos datos oxidados. Sin embargo, en el recuerdo sí permanecía un regustillo agrio, la esencia de una sociedad que luchó por la justicia social y por mantenerse a flote en unas aguas cenagosas en las que era muy difícil sobrevivir.

Son tantos los datos históricos y sociales que podemos extraer de esta obra que no me queda más remedio que ser concisa.

Los Miserables (1862) nos muestra con detalle una sociedad en pleno cambio. Con el comienzo de la revolución industrial también se inician los movimientos de población, del campo a la ciudad, en busca de trabajo.  Es una época de miserias donde los más desfavorecidos tienen lo justo para sobrevivir, y cuando no lo tienen, como es el caso del protagonista, Jean Valjean, se ven forzados a robar para dar de comer a sus familias. A Valjean el asunto no le sale muy bien, y es llevado a presidio donde lo condenan primero a cinco años, por robar una hogaza de pan, y posteriormente a otros catorce años de trabajos forzados por sucesivos intentos de evasión.  

Víctor Hugo la escribiría desde el exilio debido a su defensa del republicanismo durante el mandato de Napoleón III. Valjean tendrá como coprotagonistas a los parias, a los desamparados, al ser humano sometido a la necesidad extrema, como él mismo diría, y que es conducido hasta el límite de sus recursos.

A través de los personajes de Valjean, Fantine, Cosette, y muchos otros, Víctor Hugo plasma los sueños e ideales revolucionarios de un pueblo que clama por un mundo mejor.
El autor creía que ese mundo era posible y denuncia en su obra las condiciones de vida de una población oprimida, el abuso infantil, la prostitución, un sistema penal poco eficaz...

La novela abarca un periodo de tiempo que va desde 1815 hasta 1833, pero también nos trae a la memoria los exultantes días de la Revolución de 1789 o los nefastos del Terror de 1793, que supuso una brutal represión contra los revolucionarios.

En el contexto histórico de la obra, destacan unos acontecimientos que serán el epicentro de los cambios políticos más importantes de ese siglo.
Leer Los Miserables supone una profunda reflexión sobre el bien y el mal, sobre el afán de superación de los individuos cuando han tocado fondo, sobre la lucha feroz del ser humano contra la injusticia cuando no le queda nada que perder.
Víctor Hugo nos muestra un hondo retrato de París: sociedad, política, justicia, ética, religión, arquitectura, incluso hace una descripción detallada sobre las cloacas de la ciudad.

A su muerte, el autor dejó como legado 50.000 francos para los pobres, lo que demuestra que su compromiso con la sociedad iba más allá de la mera denuncia de esta a través de sus novelas.

En fin, una obra indispensable que poca gente joven se molesta ya en leer. Como he dicho al principio, ha sido una novela que ha conseguido una repercusión cinematográfica tan rotunda, tan premiada y tan aclamada que cada vez son menos los que se animan a leer la obra.
Una pena.

El tiempo nos sigue demostrando que la historia se repite. Echamos la vista atrás doscientos años y a nuestras miradas civilizadas les cuesta comprender tanta injusticia. Olvidamos que también hoy se libran muchas revoluciones y que también quedarán plasmadas por la pluma decidida de algún escritor. 
Los cuadros son las imágenes del pasado, que cobran vida ante los ojos de quienes los contemplan, y los libros son fiel testimonio de las sociedades a través del tiempo. Así, el ser humano es consciente de su desarrollo, tal vez más lento de lo que cree. En el futuro seremos capaces de enviar una nave tripulada a Marte, pero, en el fondo, nuestra esencia como individuos apenas cambiará. Hoy en día todavía existen muchos Valjean, Fantine, Cosette, o incluso Javert, solo que visten de otra manera y se desenvuelven en otro contexto.

Os dejo con esta particular visión del autor sobre las distintas formas en que un ser humano puede encarar su futuro.

«El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad». 


Mayte Uceda