martes, 5 de mayo de 2026

Promo Zaragoza




Los viajes de promoción suelen ser intensos y el de Zaragoza no fue la excepción.

Vuelo a Madrid. Dejo Asturias inmersa en la niebla y llego a Madrid con buen tiempo. Cómo me gusta el sol, y qué mal lo tolero. 

Son las 14:30,  un taxi me lleva a Atocha para coger el AVE. En la estación, una vez pasado el control de seguridad, busco un lugar tranquilo donde hacer una entrevista por Zoom. Elijo la esquina de un Rodilla donde acabo de comerme una ensalada. 

En Zaragoza es verano, unos deliciosos 28 grados me secan el cuerpo de tantos días de llovizna asturiana. Dejo la maleta en el hotel y salgo a pasear por la ciudad. Es hora de cenar, pero no me resisto a entrar en la Basílica de Santa Engracia. Dentro lo admiro todo. Sentada en un banco, me fijo en que solo somos nueve personas en el interior, cinco de ellas muy jóvenes. Un chico y una chica, sentados en bancos distintos, rezan de rodillas. Ella me recuerda a Ainara, de la película Los domingos.

Cena ligera en el hotel y a dormir, porque mañana me espera una jornada muy larga. 

El despertador suena a las 6:45. Ducha, pelo, cara, ropa, desayuno, dientes. Cada vez tardo más en arreglarme, sobre todo si sé que habrá fotografías. Es lo que menos me gusta, las fotos, esa pérdida de control sobre la propia imagen, aunque procuro no darle importancia y colaborar. 

Llevo un rato lista cuando J pasa a buscarme por el hotel. Nos damos un abrazo. Lo conozco de mi anterior vez en la ciudad y vino a Cudillero hace unos meses en un camping-car. Saber que pasaré con él todo el día me reconforta, porque imagino lo bien organizado que lo tendrá todo. Además, congeniamos. 


Pasamos la mañana de un medio a otro, de entrevista en entrevista, de taxi en taxi, de caminata en caminata, de charla en charla, de foto en foto mientras nos movemos por la ciudad.

Un periodista me recibe con las galeradas de Vientos de ira bajo el brazo, de mi colega Mayte Magdalena. Me dice que me encuentra cambiada. Tardo en darme cuenta de que se confunde de Mayte. Cuando se lo hago notar, se disculpa mil veces. Dice que no le había pasado en treinta y cinco años de carrera, lo que me convierte a mí en su anécdota. 

Pausa para comer. J pide un menú; yo pido medio. 

De nuevo entrevistas, ya solo dos o tres, no lo recuerdo bien. J siente escalofríos, tiene fiebre.

A las 19h presento Los amores paralelos en el Patio de la Infanta de Ibercaja. Conozco a Adriana, ella será la encargada de conducir el evento. Calza deportivas, pero guarda los zapatos en una bolsa para ponérselos luego. Cuando ve mis zapatillas decide dejarse las suyas. De nuevo esa solidaridad femenina que encuentro en todas partes. La vez anterior en Zaragoza me arrastré por la ciudad subida a unas botas de tacón y no pienso repetir la experiencia. 

Tras finalizar el acto, firmas y abrazos. A veces me desborda el cariño, como cuando una lectora llamada Isabel me regala una cinta de la Virgen del Pilar. Gracias, querida Isabel, es un detalle precioso.

J tiene los ojos vidriosos y debe descansar, de modo que ceno sola en un local de tapas muy cerca del hotel. Tostada de queso cabrales con anchoas y pimientos, y un agua con gas. 

En el hotel dejo preparada la maleta para el día siguiente. Llamo a casa, hablo un buen rato. Después ducha y a la cama. Enciendo la tele deseando que me amodorre, pero están echando un programa americano sobre urgencias médicas. Sale un hombre cuyo miembro se ha quedado atascado en un hornillo portátil. Me pregunto qué empuja a un tipo a meter el pene en un hornillo. El caso es que se le ha hinchado tanto que su mera visión le provoca mareos al bombero que debe liberarlo. ¿Empatía masculina? Los médicos debaten sobre la posibilidad de amputárselo. 

Mientras ellos deliberan, yo recibo un wasap de mi amiga y compañera Mayte Esteban (cuántas Maytes hay en esta historia). Hablamos unos minutos por teléfono. Cuando cuelgo, el hombre del hornillo sigue atascado. No espero a ver el desenlace y apago el televisor. 

Por la mañana un taxi me lleva a la estación del AVE. El taxista me habla de política sin que yo haya sacado el tema. Tres minutos más tarde, entre el tráfico de la ciudad, que amaneció nublada, me confiesa a quién piensa votar. Me pregunto si me acaba de colocar de forma instintiva en su misma esfera ideológica, y si lo ha hecho, también me pregunto por qué, qué le ha llevado a suponer que yo estoy en su mismo lado radical de la tabla. Por supuesto, no entro en el debate. 

Llego a Atocha pasado el mediodía. Otro taxi me lleva al aeropuerto. Paso el control al trote, como hacemos todos en Barajas, y me siento en un local a comer un bocadillo de jamón con queso de oveja. Pido también un agua y una cookie de chocolate. Antes de dar el primer bocado, miro el recibo. La galleta ha costado más de 4€. WTF!

Aterrizo en Asturias de nuevo en la niebla. Estoy en casa.


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