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| freepic.diller |
¿Os imagináis ir al rastro un domingo y encontraros con una foto enmarcada de vuestra familia entre un montón de cachivaches viejos? Pues eso fue lo que le sucedió a la amiga de una amiga.
Otro día escuché el caso de una persona que, tras fallecer su madre, envió a su casa a una de esas empresas del tipo vaciamos.com para que arrasara con todo.
Todas aquellas cosas que un día significaron algo para la mujer quedaron repartidas entre el basurero, el rastro y la Fundación Humana.
Durante los días siguientes no pude quitarme el asunto de la cabeza. Me machacaba la culpa de quien guarda todo, de quien encuentra razones para conservar cualquier cosa por absurda que parezca. La imagen de mis recuerdos esparcidos en un puesto de mercadillo me provocó verdadero espanto. Y tuve la necesidad de tomar el control.
En nuestra casa existe una buhardilla que tiene a su vez un cuartito donde caben todos los trastos del universo. También es el reducto donde almacenamos los recuerdos con forma de objeto. Tengo que admitir que la mayoría de las cosas son mías. L.A. solo guarda su traje de submarinista, que es casi de la época de Cousteu, y poco más, pero yo atesoro allí cada porción del pasado, un lugar al que nunca me asomo porque, en lo cotidiano, apenas hay tiempo para la melancolía.
Imaginé a mi hijo en el futuro teniendo que hacer frente a semejante cantidad de piezas inservibles, cuyo significado mayormente desconoce, y me dije que era un buen momento para deshacerme de todo. No tiene sentido seguir guardando fotos, diarios, postales y figuritas que nunca me detengo a mirar. ¿Qué hacer con todo eso? Nadie vive con una caja de recuerdos bajo el brazo. Ahora todo está en el móvil, y lo que no está ahí no existe o no vale la pena recordarlo.
Si se trata de destruir mis cosas, prefiero hacerlo yo.
«La aventura es un paseo por tu hogar.»
Ahora lo entiendo.
Fue como entrar en una máquina del tiempo. Me enfrente a la mirada que tenía a los dieciocho años, a la edad en la que se sueña a lo grande, cuando se tiene todo por hacer. Si existiera la magia, me gustaría decirle a mi yo adolescente que, al final, lo de la música no funcionó, y que debería concentrar las energías en otra cosa, aunque estoy segura de que, de igual modo, no me habría dado por vencida, porque la emociones en aquella época eran demasiado poderosas, las de creer que podía conseguir cualquier cosa que me propusiera. Así de gigante era la fe en los sueños.
Han pasado muchos años. Soy la misma, pero con multitud de aristas y rozaduras. De nuestro ser se van desprendiendo trozos de nosotros mismos con los que no sabemos qué hacer. Cada trozo representa un sueño, una ilusión, un amor, una esperanza. También puede ser un amigo, un amor, un desengaño, una ausencia, un complejo, una traición, una ideología.
Si pudiéramos vernos los trozos como nos vemos las piernas, nos sorprendería la cantidad de ellos que aún llevamos prendidos del alma.
Las fotografías me han dado mucho trabajo. Cientos de ellas acumuladas desde que comencé a moverme sola por el mundo. Nunca sabemos el valor real del instante que vivimos hasta que se convierte en un recuerdo, y un segundo atrapado en nuestra eternidad no puede terminar en un mercadillo de domingo, es lo que me digo mientras destruyo las fotos de menor valor. De cada álbum guardo cuatro o cinco. Son suficientes.
Le llega el turno de limpieza a los apuntes y los libros y me invade aquel sentimiento encandilado de entonces, el de pensar que lo mío era la música, que fuera de ella habitaba una selva extraña y ajena que no comprendía.
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| Agrupación Artística Gijonesa. En este mismo escenario comenzó a cantar Luz Casal. |
No considero un error haber luchado por lo que amaba. En aquel momento lo necesitaba para ser feliz. La vida me estaba esperando, todo era posible y tenía la oportunidad al alcance de la mano. No funcionó como esperaba, pero fui feliz intentándolo, grabando maquetas para presentarlas al concurso de Los 40 Principales, tocando por los pubs de Gijón y los domingos por la mañana en la Agrupación Artística Gijonesa, donde ensayábamos en un sótano minúsculo que me dejó en herencia un oído que se queja cuando sube el ruido.
Solo me arrepiento de haber descuidado el plan B.
Por eso, cuando se extinguió esta vía, me encontré perdida, y aún tardaría unos años en encontrar la carretera secundaria que me permitiría expresar lo que llevo dentro. De una forma u otra, persiste en mí la necesidad de contar, de transmitir emociones y de dar salida a la imaginación.
He comprado una caja de cartón. Ahí tienen que caber todos los recuerdos que deseo conservar.
Ha sido un proceso íntimo. También un aprendizaje. Me he dado cuenta de que los recuerdos importantes los llevamos dentro y nos acompañan a todas partes. Cada una de las cosas que nos hicieron felices o que nos hicieron daño, los planes perfectos, los imperfectos, los errores, los aciertos, las personas a las que amamos, aquellas a las que quisimos amar. Todo ello se quedó en nosotros, en la forma en que nos movemos por el mundo.
Dicen que a eso se le llama madurar.
A mí me gusta más la palabra florecer.


Qué bonito lo que has escrito.
ResponderEliminarGracias, Almudena. Un abrazo.
ResponderEliminarMe llamo Fayna. Te acabo de conocer como escritora con el Guardián de la marea. Tienes algo que conecta directamente con mi corazón, eso solo lo había conseguido, hasta el momento, Isabel Allende. Has vuelto a hacerlo con este post. Un abrazo enorme de Gran Canaria.
ResponderEliminarMuchas gracias por tus palabras, Fayna, me animan y me dan fuerza para seguir buscando historias que emocionen. La semana que viene vuelvo a Gran Canaria, estaré en la biblioteca de Telde el 28 de septiembre. Estoy deseando que llegue el momento. Un abrazo fuerte.
ResponderEliminar¿Qué dices? ¡Vivo en Telde! Tengo un compromiso ese día a las 19:00, ¿A qué hora estarás?
ResponderEliminarEl acto será a las 18:30h en la biblioteca Saulo Torón, y es una reunión con grupos de lectura para hablar sobre El guardián de la marea. Me alegrará saludarte si puedes asistir, de lo contrario, seguro que habrá otras oportunidades. Un abrazo.
EliminarEstoy haciendo lo posible por ir. Iría con una prima mía que fue la que me recomendó el libro. Tenemos muchas ganas de conocerte. ¡Un abrazo!
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