lunes, 9 de junio de 2014

Una carta para Lucía


Lucía sopló las velas de su tarta; dieciséis llamas danzarinas que oscilaron sobre un rico pastel decorado con merengue rosa. Un coro de voces adolescentes, casi infantiles, canturreó al unísono el «Cumpleaños feliz». Después vinieron los besos, los abrazos y los montones de regalos que consiguieron mantener en el rostro de la protagonista una enorme sonrisa.
Al final del día, cuando Lucía organizaba los regalos en su dormitorio, su madre llamó a la puerta. La vio entrar con una mirada extraña, un poco enrojecida. Dejó lo que estaba haciendo y la observó. Llevaba en la mano un sobre blanco que le extendió al aproximarse. Lo tomó y sonrió, agradecida, pensando que se trataba de otro regalo. Habría imaginado cualquier cosa menos lo que en verdad escondía aquel sobre.
—Es una carta de la abuela —le dijo su madre con cierta melancolía.
Lucía se sorprendió; su abuela padecía Alzheimer desde hacía diez años, y los últimos dos los había pasado postrada en una silla de ruedas. Ni siquiera recordaba haber mantenido con ella una conversación coherente. El único recuerdo que conservaba nítido era su voz cuando de niña la llamaba «princesa».   
Miró a su madre sin comprender el sentido de aquella carta.
—La abuela la escribió cuando eras pequeña. Me hizo prometer que no te la entregaría hasta que cumplieras dieciséis años.
Con íntima curiosidad, Lucía se sentó sobre la cama y abrió el sobre mientras su madre abandonaba en silencio el dormitorio.
Encontró dentro un par de hojas y una fotografía. El rostro de su abuela mostraba una sonrisa tierna y una mirada serena y apacible. Besó la imagen y trajo a la memoria las cosas que sabía sobre ella. Su madre le había contado que siempre quiso ser maestra, pero que en su época muchas mujeres no tuvieron la oportunidad de estudiar y se tenían que conformar con asistir unos pocos cursos a la escuela.  A los diecinueve años la empujaron  a casarse con un hombre mayor que ella, al que no amaba. Tras enviudar, joven y sin hijos,  por primera vez sintió que tomaba las riendas de su vida, así que dejó el pueblo y se marchó a la ciudad a perseguir su sueño. Trabajó de día y estudió de noche, y al cabo de unos años logró lo que tanto había deseado: ser maestra. Poco más tarde, comenzó a trabajar en un colegio, donde, cerca ya de la cuarentena, conocería al gran amor de su vida.
Lucía sintió tanta intriga por el contenido de aquella misiva que no se demoró ni un instante más. Desplegó las hojas y encontró una letra bonita y esbelta, escrita con bolígrafo azul.
Entonces comenzó a leer.

Mi pequeña Lucía:
Hace tiempo que me lleva rondando la idea de escribirte una carta. En estos momentos no eres más que una niña risueña y espabilada que llena de alegría mis días, pero pronto serás una mujer, y quiero dedicarte unas palabras antes de que mi memoria se sumerja sin remedio en esta enfermedad que aqueja a los viejos como yo, que nos roba los recuerdos de forma cruel e implacable y nos despoja de la oportunidad de morir lúcidos y arropados por las imágenes felices del pasado.
Poca cosa hay que un joven pueda aprovechar de un viejo, pues es bien sabido que los jóvenes no aprenden de la experiencia de sus mayores. Es algo natural; de otra forma la juventud no sería tal, y envejecer no tendría el único premio de consolación que, a estas alturas, nos ofrece la vida en última instancia: la sabiduría.
Cuando tenía tu edad, mis anhelos no eran diferentes a los tuyos. La esencia de las personas no cambia tanto a lo largo del tiempo, cambian las circunstancias, los contextos, pero, en el fondo,  la raíz de las penas y las alegrías sigue siendo la misma. Mi vida no ha sido fácil. Tampoco lo fue para el resto de mujeres de mi generación. Sin embargo, muchos han sido los logros, muchas las metas alcanzadas. Ahora es tu turno, Lucía; vuestro turno de sembrar futuro. No tengas miedo, no son necesarias grandes hazañas ni ilustres heroicidades, simplemente afila bien tu sentido de la igualdad y de la justicia.
Habrá momentos en los que te acordarás de mis palabras. Y aunque son muchas las cosas que han cambiado, aún no se vislumbra el final del recorrido. No encontrarás los mismos obstáculos que yo; serán otros diferentes, puede que más altos y más difíciles de derribar. Pensarás que exagero y que ya empiezo a chochear. Pero créeme cuando te digo que la sociedad se ha vuelto tirana con las mujeres; demasiado exigente, como si fuera el precio que debemos pagar por nuestras pretensiones de una sociedad igualitaria.
Tendrás la suerte de poder manejar tu vida, de resolver qué hacer con ella y hacia dónde virar el timón de tu destino. Podrás ser lo que tú quieras ser en todos los aspectos de la vida. No consientas que la carga hunda tus pies en el lodo, no te sientas culpable si alguna vez piensas que pesa demasiado, que no puedes cumplir con todo. Ese será el mal de tu tiempo. Otras desigualdades se irán subsanando con el paso de los años, pero ese mal irá creciendo, reclamando cada vez mayores demandas a las mujeres.
No olvides que en cada pilar que sostiene el mundo que te rodea se encuentra una mujer. Mujeres fuertes y valientes que lucharon para que tú pudieras albergar en tu interior el más preciado tesoro: la oportunidad de decidir. 
Vive una vida plena, consciente de tus actos, sé libre de pensamiento y, sobre todo, trata de ser feliz.
Me despido ya de ti, princesa. No te sientas triste, pues mi vida ha sido dichosa, y, a pesar de las sombras, ha estado llena de luz.
Ahora ve a ver a tu madre, sé que estará afligida. Consuela su pena con alguna palabra de cariño y leed juntas esta carta. Después, dedicadme una sonrisa.
Os quiere.
La abuela.
 
Lucía respiró hondo, salió del dormitorio y bajó las escaleras. Encontró a su madre al lado de la abuela, cuya conciencia permanecía recluida en algún lugar inexpugnable. Se acercó a ellas y besó con cariño la mejilla de la anciana.

—Gracias, abuela —le dijo al oído—. Es el mejor regalo del mundo.

miércoles, 4 de junio de 2014

A Novella

Terminar una nueva historia siempre es agradable. Pero la verdad es que no siento lo mismo que con la primera. No porque no me llene de entusiasmo, sino porque sé lo que me espera ahora.
Hay que corregir el texto un número indefinido de veces, embellecerlo, darle brillo, lograr que la historia fluya sin tropiezos...
Quiero pensar que lo conseguí con mis Ángeles, al menos yo estoy satisfecha con el trabajo. Fueron dos años para desarrollar la historia y uno más para corregirla y hacer de ella lo que es ahora.
El resultado se descubre a lo largo de sus casi 500 páginas de amor y aventuras, de magia y misterio.

El camino ha sido largo, pero muy instructivo.

No voy a negar que a veces me siento lenta como un caracol, sobre todo cuando veo la rapidez con la que otros autores sacan sus obras al mercado. Pero, igual que hice con Los Ángeles, no voy a precipitarme, y la novela no verá la luz hasta que considere que está lista.
Para qué.
Me gusta mimar a mis historias, arroparlas como a un huevo de codorniz. Y estar ahí, observando cuando la cáscara se rompe y los personajes incubados al calor de la imaginación salen al mundo y viajan de mente en mente.

Una vez alguien me dijo que lo que escribimos y publicamos tiene herencia social. Y eso me hizo pensar.
No tengo el afán de acumular tantas novela como las prolíficas Corín Tellado o Nora Roberts, pero sí tengo el empeño de que cada aventura que salga de mi cabeza lo haga con cierta dignidad.
Es lo único que me importa.

«Si no publicas a menudo, te olvidan», me susurró en la nuca el fantasma de Corín.
¿Me olvidará mi familia?
«Mmm, no».
¿Me olvidarán mis amigos?
«Tampoco. Te olvidará el resto del mundo».
Me encogí de hombros y le pedí por favor que dejara de echarme su aliento gélido en el cogote.   

La nueva novela es una historia de amor. Sí, es una novela R-O-M-A-N-T-I-C-A. Lo digo así de claro porque no veo la necesidad de camuflar el género bajo otro tipo de avatares literarios. Tampoco lo hice al publicar una historia paranormal. Lo bueno de cumplir años es que por el camino te vas deshaciendo de alguna que otra capa de complejos que pueden encofrar tu personalidad, vas soltando el lastre y uno camina por la vida más ligero.
Además a cada cosa su nombre.

Aparte de la historia de amor, la relación de tres amigas, muy diferentes entre sí, también tiene un peso importante en la novela. Sus actitudes ante la vida son tan distintas que se complementan y consiguen mantener una amistad duradera a lo largo de los años.

Sé que me queda mucho trabajo, pero lo afronto con muchas ganas. Este periodo me recuerda a cuando termino de esbozar una pintura. Luego queda la tarea de resaltar los elementos principales, dando las pinceladas correctas en el lugar adecuado.. y ¡voilà! no parece el mismo que al principio.

Os dejo con un trocito de la historia.

Con el ánimo mermado, se subió al taxi que le había pedido la señora Munro. La luz del día se había extinguido a primera hora de la tarde para dejar paso a una oscuridad creciente que traía con ella sus propias reglas. Rebeca recordaba haber escuchado al padre Arnau advertirles que se cuidaran de la noche, porque si había algo capaz de traicionar el espíritu del Hombre, eso era sin duda la oscuridad, que incitaba a la beligerancia y a sucumbir a los deseos más inconfesables.
El tiempo era horrible, y le había resultado difícil arreglarse de forma que pudiera resultar atractiva. Llevaba demasiada ropa, así que en el último momento se había dejado solamente una camiseta blanca, un fino jersey de color burdeos –que se ajustaba a su figura y era el que mejor disimulaba los kilos que había ganado en los últimos años–, y unas botas altas sobre leggins negros que estilizaban sus piernas. Se miró en el espejo que tenía la señora Munro en la habitación y probó distintos peinados en su pelo. Pero se dijo que con el viento y la lluvia de nada le serviría acicalárselo, así que se lo dejó suelto y se esmeró en maquillarse el rostro de forma que no se notara demasiado. Deseaba estar guapa para él, pero no quería parecer desesperada.  Un paraguas, una gabardina y los mejores deseos de la señora Munro la acompañaban en el taxi que se incorporaba en esos momentos a la avenida principal. Eran ya las seis de la tarde. Tras los cristales empañados contemplaba las familiares calles de Beauly bajo una fina lluvia. A ratos, el viento parecía enloquecer de forma repentina. Entonces enviaba  oleadas de agua contra los cristales del coche y lo zarandeaba como si se tratara de una colmena sacudida por un oso. No era dada a las supersticiones y, a decir verdad, depositaba una considerable confianza en el entendimiento, pero llegó a pensar que alguna fuerza sobrenatural estaba empeñada en sacarla de aquel taxi y enviarla a casa montada a lomos de una ráfaga de viento.

©Mayte F. Uceda