jueves, 13 de octubre de 2016

Trilogía del Mal, de María José Moreno



A veces tardo tanto en escribir una entrada en el blog que a menudo se me olvida que lo tengo. Pero hoy vuelvo por un buen motivo, como es hablaros de La Trilogía del mal de María José Moreno, una saga que me ha tenido totalmente enganchada durante su lectura.

Comienzo diciendo que no suelo leer muchas sagas, no me gusta la sensación de espera a la que te someten algunos autores con sus libros, pero me he dado cuenta de que esta trilogía es autoconclusiva en cada entrega, lo cual es un punto a favor para la autora.

Ya conocía la narrativa de María José Moreno por su best seller "Bajo los tilos", una historia intimista que había disfrutado mucho y que todavía sigue cosechando éxitos, como lo demuestra su lanzamiento este mes en formato de bolsillo.

Tengo que decir que con este cambio de registro la autora me ha sorprendido mucho. No por la temática, directamente relacionada con su profesión de psiquiatra, sino por la estructura de cada libro, por su desarrollo, por la forma de dosificar la tensión para mantenerte pegado a sus páginas y, sobre todo, por la caracterización de los personajes. Empezando por la conductora de las tres novelas, Mercedes Lozano, una psicoterapeuta que, para mí, es el punto fuerte de la trilogía. ¿Por qué? Porque estamos acostumbrados a que este tipo de personajes (psicólogos, psiquiatras, médicos etc..) se nos muestren en la literatura como personajes emocionalmente blindados, a prueba de desequilibrios externos, con una capacidad superior a la del resto de los mortales para gestionar sus emociones, mantener la sangre fría y tener siempre una perspectiva acertada de los acontecimientos.
Por el contrario, creo que María José Moreno ha creado un personaje redondo. Mercedes Lozano es una gran profesional, inteligente y entregada a su trabajo, pero también es una mujer con sus miedos, sus inseguridades, sus frustraciones y su pasado tormentoso... Es un personaje real, muy vivo, y eso a mí me ha encantado.

En la primera entrega,  "La caricia de Tánatos", Mercedes Lozano se enfrenta al Mal disfrazado de buena apariencia, a un maltratador psicológico que es capaz de arrojar a sus víctimas al abismo de la desesperación. Más que maltratador, yo lo llamaría un "destructor", porque su obsesión es dominar y destruir.   Los humanos atribuimos cualidades buenas a la belleza, como si detrás de un rostro hermoso no pudiera esconderse la maldad. ¿Quién puede sospechar maldad detrás de alguien así? A ver ¿quién?


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Sin embargo, -y tengo que escribir esto sin mirarle a los ojos a ese de ahí arriba-, es el tipo de Mal más siniestro, porque no se ve venir, porque algunas veces se encuentra camuflado tras la fachada de una persona carismática y atractiva.   Mercedes tendrá que enfrentarse a esta mente enferma en varias ocasiones. Los diálogos entre ellos, en los que se instala una relación de poder, me han parecido de lo mejor del libro. He disfrutado (como lector, y desde el aspecto literario; no disfruto de otro modo con la perversión) con cada palabra arrojada en ese contexto dual en el que ambos pujan por derrotar psicológicamente al otro. La psicoterapéuta es inteligente, pero su oponente también, y encima este último carece de escrúpulos o moralidad, lo que le da mucha ventaja. Final impactante y, aunque es autoconclusivo, querremos pasar de forma inmediata al siguiente libro.

En la siguiente entrega "El poder de la Sombra" se nos muestra el lado más profesional de la psicoterapeuta Mercedes Lozano mientras trata de recomponer la mente enferma de Rosa María Luque, acusada de varios asesinatos y que carga con un terrible historial de abusos sexuales durante la infancia. Asistimos en este caso al desarrollo de una investigación a tres bandas, a la exposición de un profundo conocimiento de la mente humana, que no resultará abrumador  para el lector profano en la materia, al contrario, la autora utiliza un vocabulario sencillo y asequible. Un final sorprendente nos aguarda en las últimas páginas en las que, una vez más, la pluma de María José Moreno brilla por su abrumadora capacidad de recrear la mente de un ser malvado y enfermo. Pelos de punta al final, os lo aseguro. Os dejo el book trailer para que os hagáis una idea.



La trilogía se cierra con "La fuerza de Eros" que trata un tema tan actual como es la vulnerabilidad de los más jóvenes en las redes sociales. La historia se desarrolla en un ambiente pedófilo que nos hará removernos en el asiento y nos dejará, una vez más, los pelos como estiletes.  De nuevo aparece una mente malvada, o tal vez debería decir enferma. Pero ¿dónde termina la locura y comienza la maldad?  La autora nos mete en la mente de Ernesto, un cazador en la red con una aparente vida normal. Eso es lo que da más miedo, que detrás de una vida corriente puedan esconderse los deseos más inconfesables y los instintos más perturbados del ser humano.
En esta entrega todo se complica hasta límites insospechados, y cuando creemos haber dado con las respuestas, nuestras teorías se desmontan y aparece un nuevo giro de tuerca que te obligará a devorar los últimos y angustiosos capítulos. Y son angustiosos, os lo aseguro.

Este último libro es el más duro e impactante de los tres, a mi modo de ver, el más claustrofóbico y tenso, por su fuerza y ritmo narrativo, por los acontecimientos que te hacen aguantar la respiración y correr por las páginas hasta llegar al desenlace. Y llegas a ese final, y te das cuenta de que tienes un nudo en la garganta, y cuando cierras el libro y respiras, piensas: ¡Joder!

En fin, que han sido unas semanas de lectura trepidantes, y todo un lujo poder leer la trilogía del tirón, la he disfrutado muchísimo y por supuesto la recomiendo a todo el mundo.
Doctora Moreno, más Mercedes Lozano, por favor.

viernes, 27 de mayo de 2016

The Walking Desk




Hace tiempo que me preocupa el hecho de pasar muchas horas sentada delante del ordenador. Es uno de los problemas más importantes que le veo a este trabajo/pasatiempo de escribir novelas, sobre todo cuando empiezas a tomártelo en serio y te impones horarios que te obligas a cumplir con disciplina norcoreana.

En  mi caso son cinco horas por la mañana y unas dos por la tarde en momentos en los que estoy desarrollando una historia, pero a veces pueden ser más, depende de si también escribo en el blog, tengo mucho texto que corregir/revisar, o estoy documentándome para algo nuevo, por no hablar del tema redes sociales, tan importantes para la promoción pero que, por desgracia, también manejas con la silla pegada al trasero. 

Las horas se pasan volando y, cuando te das cuenta, el cuerpo se resiente y te grita desde dentro que levantes el culo de la silla y salgas a dar un paseo. Y tú lo haces, y agarras la correa del perro, se la pones con impaciencia y comienzas la caminata con un vigor que parece innato en ti pero que se vuelve en tu contra cuando llevas quince minutos a todo gas. Entonces empiezas a jadear, y tu perro también, pero él de forma más natural que tú, porque además de hiperventilar también estás roja como un tomate, y cuando te cruzas con un vecino y te pregunta si has venido corriendo, tú le respondes avergonzada que has echado una carrerilla porque quieres mantenerte en forma y eso... 
Dejas atrás al vecino y avanzas notando una extraña sobrecarga en las piernas que te hace pensar que la comida se te ha bajado de repente a los gemelos. Pero la cosa no termina ahí, porque pronto la sobrecarga te invade el glúteo mayor, el menor y el medio, e intentas girar el cuello hacia atrás para comprobar que ningún desaprensivo haya colado una bolsa de piedras dentro de tus pantalones,  y al final te das cuenta con horror de que todo lo que intuyes ahí detrás es tuyo y solo tuyo.
Llegados a este punto me paro en seco. El perro sigue caminado como si nada, con sus patitas cortas y atléticas hasta que la correa le pega un tirón y no le queda otra que detenerse. Se da la vuelta y me mira con cierto resentimiento, previendo que el paseo se acaba de terminar. 
Han pasado veinte minutos, y vuelvo a casa con la sensación de haber perdido el tiempo y notando los remordimientos corroyéndome por dentro por no haberme quedado a corregir lo que había escrito por la mañana.

Treadmill Desk
Con todo esto quiero decir que el trabajo de escritor es muy sedentario, y yo no me siento bien cuando no me muevo. Por eso decidí tomar medidas drásticas. Me dije que tenía que haber alguna forma de hacer ejercicio mientras escribía, y lo primero que se me vino a la cabeza fueron esos pedales que colocas frente a la silla y que anuncia la televisión.
Pero no me entusiasmaba la idea. Nada en absoluto.
Navegando por internet conocí los Treadmill Desk (escritorios adaptados a las cintas de correr) que tan de moda están en USA -como no- y que vende Amazon por el módico precio de 700$. A eso habría que añadir el coste de la cinta de correr. 
Al principio me pareció una idea ridícula. Nunca me han gustado las cintas de correr porque prefiero salir a caminar fuera, pero las circunstancias han cambiado y, según algunos estudios, caminar una hora al día no compensa las horas que pasamos sentados, sobre todo si son más de cuatro.

Seguí buscando opciones y vi algunos vídeos sobre si era posible caminar y escribir en un ordenador al mismo tiempo. Todo indicaba que sí, pero yo tenía mis reservas. Me preocupaba no tener suficiente concentración para hacerlo todo a la vez.
Probé algunas cintas y caminé en ellas. El cuerpo no se mueve mucho a una velocidad de 2 a 2´5km/h, y eso me animó. Entonces decidí que me compraría una cinta de caminar y que le acoplaría  mi propio escritorio. Cuando fui a las tiendas a mirar distintos modelos siempre me preguntaron para qué la quería; no es lo mismo una cinta para correr que para caminar, y el precio tampoco es el mismo. Yo explicaba mi plan, y creo que más de uno pensó que era un poco excéntrica. El dependiente de El Corte Inglés, sin embargo, me dijo que no era nada raro, que había vendido una máquina de 1700€ para que caminara un perro. Así que lo mío no era tan extravagante. 
Allí mismo me compré una BH a muy buen precio, obviando las advertencias de mi marido que insistía en que eligiera una que se plegara del todo para que entrara debajo de la cama cuando me cansara de ella. Cosa que, según él, ocurriría sin remedio.

En fin, quince días más tarde llegó mi flamante cinta nueva. La tabla que utilizo de escritorio me costó 12€ y me hace el mismo servicio que el Treadmill desk de 700$.

Ya han pasado tres meses desde que la tengo, y puedo hacer una valoración bastante aproximada de su utilidad. 

A favor:

Se puede escribir y caminar al mismo tiempo, siempre que la velocidad no exceda de 2,5km/h. A más velocidad el cuerpo se mueve demasiado y es más difícil escribir, aunque yo a veces la pongo a 3km/h. 
La velocidad mínima de la cinta es de 1km/h y avanza de cien en cien metros, con lo cual es fácil de adaptar a las necesidades de cada uno. 
También se pueden aprovechar algunos momentos de descanso (de escritura) para aumentar la velocidad un rato. 
Otra opción para que el ejercicio sea más intenso a baja velocidad es aumentar el grado de inclinación de la cinta.
Un punto a favor de esta máquina en particular (BH Bladez TR101), es que es bastante silenciosa, otra de las cosas a tener en cuenta antes de comprar una. 

En contra:

Las cintas son enormes, aunque en la foto no se aprecie, ocupan un montón de espacio. 
Otro punto desfavorable (al menos en mi caso) es que cuando estoy escribiendo algo que requiere mucha concentración, tengo que bajarme.

Como veis, el sistema tiene más ventajas que inconvenientes, y yo la uso con regularidad, sobre todo cuando miro redes sociales, corrijo y releo lo escrito y también mientras escribo cosas nuevas, siempre que tenga claro de antemano lo que voy a contar. Si necesito mayor concentración, ya he dicho que tengo que bajarme o caminar muy despacio. A la velocidad mínima creo que se podría hacer cualquier cosa. Es un paso muy lento pero, aun así, me parece mejor que estar sentado.

En el tiempo que he tardado en escribir esta entrada, he caminado dos kilómetros. ¿Qué os parece? 
Creo que, definitivamente, este trasto no acabará debajo de la cama.
Ah, he olvidado decir que desde que la uso he adelgazado un kilo y medio. No era ese mi propósito, pero el cuerpo nota el cambio.













viernes, 6 de mayo de 2016

Primer capítulo de "Alicia y el teorema de los monos infinitos"




Ya está disponible el primer capítulo de "Alicia y el teorema de los monos infinitos" (ATMI).
Desde hoy podéis leer aquí el comienzo de esta aventura fresca y actual protagonizada por una viuda y un perro.

Os dejo la sinopsis:

Alicia es una joven viuda que dedica sus días al cuidado del viñedo que heredó al fallecer su marido. Tras años de soledad, decide probar suerte en la búsqueda del amor a través de Internet. Después de varias decepciones, irrumpe en su vida Marco, un enigmático y endiabladamente atractivo…¿¡corso!? 
Bajo el sol mallorquín, surgirá entre ambos una conexión instantánea y darán rienda suelta a su pasión. Sin embargo, algo no encaja, Marco es demasiado bueno para ser verdad. ¿Qué esconde bajo esa maravillosa fachada? ¿Cómo ha podido fijarse alguien tan perfecto como él en alguien tan corriente como ella? Esas cosas no pasan a los 39 años. Alicia y el teorema de los monos infinitos es una cautivadora historia de amor manchada por el vino, la pasión, las mentiras, la intriga y el humor más fresco.

A la venta en librerías y plataformas digitales a partir del 14 de junio.



viernes, 15 de abril de 2016

¡Ya vienen los monos!



Tengo tantas cosas que decir de esta novela que no sé por dónde empezar. Estos últimos meses han sido bastante ajetreados. La publicación en alemán de "Un amor para Rebeca" me ha mantenido en una nube rosa desde mediados de enero, ya que desde entonces cerca de veinte mil lectores de ese país se han asomado a la historia de Rebeca y Kenzie, algo que todavía me cuesta creer, la verdad.
He recibido mensajes muy bonitos, los comentarios en la página de Amazon-Alemania son espectaculares y, en fin, que no puedo estar más satisfecha.

Pero creo que ya va siendo hora de que me despida de estos personajes y salude a los nuevos. Rebeca me ha dado muchas alegrías desde septiembre de 2014 y en todo este tiempo no ha dejado de venderse, comentarse y recomendarse, y por ello agradezco de corazón a todos los que me habéis ayudado de una u otra forma.

Sin embargo, una nueva historia reclamará su oportunidad dentro de dos meses, y muchos me estáis preguntando por ella, en particular queréis saber a qué se debe ese título.

Yo suelo darle muchas vueltas a los títulos. De hecho, es lo que más quebraderos de cabeza me da
junto con las portadas.

Teorema de Émile Borel
En el caso de Alicia y los monos fue algo que surgió solo, pues ya en el prólogo se habla de la relación entre el teorema científico y la vida de la protagonista.
Cuando alguien cercano me preguntaba cómo se iba a titular mi próxima novela y yo dejaba caer ese título, todos, sin excepción, exclamaban: ¡¿Cómo?! Y yo lo repetía con paciencia. Luego me tocaba explicar el bendito teorema (más desconocido de lo que imaginaba), que si bien no nos soluciona la vida, nos arranca alguna risa.

En una entrevista reciente me preguntaban con qué fin había nacido "Alicia y el teorema de los monos infinitos", y yo respondía que con el mismo fin de mis otras novelas: con el ánimo de entretener. Esa es mi mayor intención, aderezada con la esperanza de hacer sentir muchas emociones al lector (si algo le sobra a esta novela es emoción y emociones), y que además se quede con la sensación de haber aprendido algo nuevo.

No voy a explicar el teorema de Émile Borel en esta entrada porque creo que está al alcance de cualquiera conocerlo. Otra cosa es la relación que pueda tener en la historia.

La novela está narrada en primera persona por una mujer cercana a la cuarentena que tras seis años viuda siente el peso de la soledad de una forma que está afectando a su vida. No asume su nuevo estado como una sustantividad propia (no hay nada malo en la soledad si es algo buscado), sino que la dota de significado emocional y sufre por ello. Las existencias ajenas le devuelven el reflejo de lo que pudo ser su vida y no fue.

"¿Por qué yo no puedo tener lo que todos tienen?", se pregunta.

 Sin embargo, el lema de Alicia es que si no estás contenta con algo intentes cambiarlo. Alicia no quiere estar sola y encara el problema mirándolo de frente, sin prejuicios, sin restricciones morales o sociales. Y se lanza al vacío sin saber si al fondo de ese agujero profundo, oscuro e imprevisible, existe un colchón mullido que amortigüe su caída.

Pese al tema  delicado de la soledad, cada vez más vigente en nuestros días, la novela está narrada en clave de humor, lo que le resta seriedad y hace mucho más amena la lectura.

Además, no sufráis por Alicia, ya que en su vida aparecerá la extravagante Nina Popova, administradora de una página de citas que se tomará muy en serio eso de encontrarle pareja a nuestra protagonista.

El escenario elegido para contar la historia es un viñedo en Mallorca; una forma premeditada de rendir tributo a una de mis antepasadas: mi tatarabuela, que era natural de la isla y tiene su propia historia.

Cuando decidí que Alicia tendría que hacerse cargo del viñedo de su marido, era consciente del esfuerzo que supondría ponerme en su piel y hacer que su bodega funcionara con eficacia, de modo que lo primero que hice fue buscar ayuda. Así encontré a Cati Ribot, de las bodegas mallorquinas Galmes i Ribot, quien se mostró tan amable y dispuesta a ayudarme que se ha ganado un sitio destacado en los agradecimientos de la novela. Gracias a sus consejos fui instruyendo a Alicia sobre el complicado y apasionante mundo de la producción del vino. Me embriagué al mismo tiempo que ella con las fragancias del hollejo de la uva  y a través de ella fui capaz de sentir en la piel los efectos producidos por el polvo, la tierra seca y el sol.

Vinos ecológicos de las bodegas Galmes i Ribot

Conocer las bodegas de Cati Ribot también fue una sensación mágica, porque una vez más tuve la impresión de estar dentro de la novela, en este caso de La Rodona, la finca de dimensiones redondeadas que da nombre al viñedo de Alicia.

Se me quedan muchas cosas por contar, como por ejemplo cómo fue lidiar con varios acentos extranjeros al mismo tiempo, la cantidad de culebrones colombianos que me tragué (con el consiguiente peligro de engancharme a ellos) o la inmersión en la historia convulsa de la isla de Córcega, tan bella, tan indómita...

Pero eso lo dejo para otra ocasión.








viernes, 25 de septiembre de 2015

A love for Rebecca/AmazonCrossing


Faltan solo unos días para que "Un amor para Rebeca" esté disponible también en inglés en todas las plataformas de Amazon. Han sido muchos meses de trabajo colectivo y, a la vez, una experiencia como autora muy provechosa.

Tengo que agradecer a Elizabeth DeNoma (Acquisitions editor for literature in translation) el haber estado a mi lado durante todo el proceso, de la misma forma que a Catherine Nelson, quien se ocupó de la traducción y con quien tuve oportunidad de comentar los entresijos de la historia.

Una pregunta que generó un debate abierto entre las dos, y que yo valoro especialmente porque nos sirvió para profundizar en los sentimientos de los personajes, fue esta:

---Alerta de spoiler---

¿Por qué Rebeca cuando vuelve de Escocia no se rebela a las imposiciones de los demás y pide ayuda a Kenzie en vez de rendirse a los deseos de su madre? Eso sería lo más lógico, lo que haría cualquier persona, me decía.

Admito que, en este sentido, yo tengo ventaja, porque conozco la personalidad de Rebeca al detalle y he hurgado en su forma de ser y de pensar con mucha frecuencia.

Respuesta nº 1: Si lo hubiera hecho, no habría conflicto vital, por tanto, no habría historia.

Esa es la respuesta más sencilla, pero existe una respuesta más razonada y coherente con la realidad de Rebeca.

Puede que nuestra protagonista sea la antiheroína, la que tiene un carácter débil, la que teme luchar y enfrentarse a los demás, la que creció bajo la influencia de una madre dominante que ha tomado todas las decisiones importantes por ella, Así es Rebeca; sumisa y poco propensa a la rebeldía. Y así actúa durante las dos primeras partes de la novela. Si Rebeca hubiera regresado a casa y hubiera plantado cara a todos para luchar como una leona por lo que deseaba, no habría sido coherente con su personalidad.

La vida de Rebeca, aunque parece fácil, en realidad es complicada, porque su madre la anula e impide que se desarrolle como ser independiente. Rebeca ama a Kenzie con toda su alma, pero también tiene dudas respecto a que pueda cumplir la promesa que le hizo. Cuando comprende que no podrá hacerlo, se convence a sí misma (convencimiento promovido por su madre y su novio, dos expertos manipuladores emocionales) de que su historia con Kenzie nunca debió suceder, de que ha sido un error auspiciado por la falta de experiencia, tal como le hacen creer. Y ella se conforma. Asume su error. Y sufre por ello. Sufrirá durante ocho largos años, años en los que va madurando y forjando su personalidad. Su voluntad se va revistiendo del aplomo necesario, como un grano de arena que se va cubriendo lentamente de nácar hasta que brilla como una perla. Es solo entonces cuando Rebeca toma las riendas de su vida, desligándose de la influencia de los demás, y decide recuperar la felicidad perdida. 

No es que de pronto sea una persona diferente, pues las inseguridades la acompañan siempre, pero no cabe duda de que el sufrimiento prolongado es capaz de insuflar fortaleza en los temperamentos más débiles. Y eso es lo que le ocurre a Rebeca. Un día decide que está harta de vivir bajo las normas que le han impuesto, y entonces se rebela. Tal vez le haya llevado más tiempo que a otra persona más fuerte, pero es la evolución más coherente con su carácter, lo contrario habría sido inverosímil.

Es cierto que nos gusta vivir a través de los personajes de una novela, y que a veces, cuando no actúan como lo haríamos nosotros, sentimos cierto coraje y ganas de zarandear a alguno para hacerle reaccionar. Pero aunque sean personajes de ficción, tienen que desarrollarse como si fueran personas reales, y crecer y madurar en su propio mundo. Y nosotros, como lectores, debemos darles esa oportunidad.








martes, 15 de septiembre de 2015

La cuestión verosímil y predecible en las novelas



Que una novela sea inverosímil y predecible parecen ser dos de los adjetivos favoritos de los lectores para juzgar negativamente una novela.  

Tal vez el atributo de verosimilitud es el mayor reto para un escritor, pues su obligación como creador es ofrecer una visión de su historia lo más veraz posible. No olvidemos que incluso la fantasía y la ciencia ficción tienen sus propias normas en este aspecto. Sin embargo, a veces los autores podemos caer en el error de tratar de extrapolar la historia a la vida real.
Pero lo cierto es que no se trata de que nuestras creaciones se parezcan a la vida misma, sino de que se ciñan al universo creado, profundizando en los personajes y en el ambiente hasta hacerlo creíble.

Hay incluso historias basadas en hechos reales, con personajes que todos podemos reconocer, como por ejemplo la miniserie de televisión Felipe y Letizia, cuyo argumento tiene menos credibilidad que Alien vs Predator, por poner solo un ejemplo.

En la vida real pueden suceder hechos extraordinarios y no necesitan justificación. Pero en la literatura esta premisa no se cumple, y debemos ser coherentes con el mundo que hemos creado y fieles a la realidad que queremos transmitir.

Si buscamos justificar la conducta de nuestros personajes en la realidad, fracasaremos, porque su modo de actuar no debe ser coherente con nuestro mundo, sino con el suyo.

Pensad un momento en un personaje llamado Paquito que ha sido infiel a su mujer. Su amante lo chantajea con unas fotos robadas y le pide cien mil euros a cambio de su silencio. ¿Os imagináis a Paquito preguntándole a su creador desde el folio: "Oye, Manolo, ¿qué harías tú en mi situación?".
Manolo tal vez le respondería: "Coño, Paquito, ir a la Policía, ¿crees que los euros me llueven del cielo?".
Si yo fuera la creadora de Paquito, le diría: "Te jodes, Paquito, eso te pasa por golfo, y si piensas que voy a sacarte los rescoldos de la hoguera enviándote a la comisaría más próxima, te equivocas, vas a tener que sufrir un poco más para salir de esta".

En resumen: si enviamos a Paquito a la comisaría, se termina nuestra historia. ¿Sería la actuación más lógica y cercana a la realidad? Tal vez, pero ahí se acabaría todo, a menos que, en posteriores investigaciones, los eficientes policías descubrieran que la amante está liada en realidad con la mujer de nuestro Paquito, y que ambas han tramado un plan para llevarse su dinero y exiliarse en las islas Fiyi.
¿Se parecería esto a la realidad? Pues no, pero no me digáis que no suena más interesante.

Yo, como lectora, sé que lo que estoy leyendo no es verdad, pero quiero que lo parezca, lo cual no implica que se parezca a la realidad. 

Otras veces, cuando un personaje no se desarrolla en la historia como lo haríamos nosotros, la catalogamos de inverosímil. Es cierto que algunos lectores necesitan sentirse identificados con el personaje para disfrutar plenamente de una novela, pero eso no quiere decir que si no actúa según nuestro criterio la trama pierda credibilidad.

La novela es ficción, y no se puede someter a las leyes de la realidad. Confrontar ficción y realidad es una opción utilizada a menudo por los lectores pero, a mi entender, es del todo incorrecto. Normalmente, este tipo de lector compara la ficción que está leyendo con su propia experiencia y si no encuentra en ella nexos de unión, le atribuye el rasgo de inverosímil. Pero lo cierto es que la lógica del personaje no viene dada del mundo real, sino de la línea argumental que el creador construye.

Recuerdo el comentario de una lectora (en una página de descargas piratas donde estaba mi novela Un amor para Rebeca) que opinaba que la novela era inverosímil porque uno de los personajes -la madre de la protagonista- actuaba, a su modo de entender, como si fuera de otra época. Todo porque la mujer es dominante en extremo, intransigente y a la que le inquietan más las apariencias que la verdadera felicidad de su familia.
¿De verdad ya no existen personas así en nuestros días?
Puede que en la experiencia vital de esta lectora no se haya encontrado con alguien así, pero haberlas, haylas, como las meigas. Y volviendo a lo dicho antes, al menos en mi caso, no necesito ampararme en la realidad para construir el universo que rige el mundo de mis personajes. Lo que sí me tomo en serio es justificar las conductas en torno al mundo que he creado, no a la realidad.

Un comentario aislado de inverosimilitud no nos debe preocupar, pero si las opiniones en este sentido son recurrentes, deberíamos analizar la obra para extraer conclusiones de por qué los lectores se han quedado con esa sensación. 

En cuanto a predecible..., aquí hay para una tesis. Es uno de los mayores obstáculos para algunos lectores, que no soportan saber qué va a pasar con la historia. Si nos detuviéramos un momento a analizar los comentarios de las novelas, "predecible", junto con "inverosímil", es otro de los atributos negativos más utilizados por los lectores para demostrar su descontento.

Por otro lado, hay autores que declaran de antemano que sus novelas siempre acabarán bien. Son, por tanto, predecibles. Y la pregunta del millón es: ¿generan por ello menos interés?
Supongo que este tipo de lectores nunca lee un libro dos veces.

A mí me importa más el trayecto, lo que me haga sentir el autor por el camino. Si leo una novela romántica quiero que los amantes terminen juntos y, normalmente, así es. Por tanto es predecible. Si leo policíaca quiero que el asesino acabe entre rejas y, la mayoría de las veces, así es. Una vez más: ¡predecible! Si los alienígenas invaden la Tierra, quiero que:

a) Los humanos expulsen a los alienígenas.
b)Los alienígenas sean mejores y más avanzados que nosotros y que terminen con el hambre y las guerras del mundo, y así vivir todos en paz y armonía.
c)Los alienígenas sean terríblemente guapos e inteligentes, y entonces no me importará que conquisten la Tierra.

Pero nunca, NUNCA, querría que unos extraterrestres con cara de monos narigudos se quedaran en casa, aunque eso eliminara de un capazo la cualidad "previsible" de la historia.

Por tanto, si lo amantes no acaban juntos, si el malo no acaba en la cárcel, si los alienígenas se quedan en la Tierra y son unos salvajes..., tal vez la historia no sea previsible, pero a mí seguro que no me gusta. Ni al noventa y cinco por ciento de los lectores.

Y aquí no voy a hablar de esas novelas policíacas en las que sabemos quién es el asesino desde el principio. Eso sí es un dato en contra, y a menos que sea un recurso del autor para sorprendernos después con un giro inesperado, no tiene perdón.















jueves, 20 de agosto de 2015

Confesiones de una camarera en apuros





Estoy parapetada detrás de la barra del Honky Tonk, un bar country situado en el madrileño barrio de Lavapiés. Es cerca de la medianoche y a estas horas las jarras de cerveza se me hacen tan pesadas como los kilos de rímel que me cubren las pestañas, que más parecen dos colas de guacamayo que simples pelos en los bordes de los párpados. Sobresalen tanto que, en vez de proteger los ojos de cuerpos extraños, los espantan.

Revoloteo la mirada por el local buscando  a Didi, y la encuentro sirviendo unas hamburguesas en la mesa Oklahoma a unos trogloditas que parecen dispuestos a agotar las reservas de carne roja de toda la ciudad. A mí me toca servirles las cervezas, por segunda vez, y apostaría las bragas de Didi a que el tipo de pelo grasiento intenta meterme la mano por debajo de la falda, como ha hecho con mi amiga. Claro que ella tiene un carácter endemoniado, y ha logrado paralizar la tentativa del individuo con solo una mirada.

Es lo que más admiro de ella, que es capaz de convencerte de algo sin dirigirte la palabra. Así, sin más intervención ni esfuerzo por su parte. A veces creo que es una versión moderna y femenina de Yoda, el enano orejudo de Star Wars, y que en esta ocasión le ha transmitido al hombre algún mensaje directamente a la mente:

"Si tocarme el culo quieres, aguantar la hostia debes".

Pero yo no tengo tanta fuerza interior, ni nada que se le parezca, y sé que no podré reprimir el ataque  directo de Pelo Grasiento. Mi mirada es más dulce que una piruleta, y por mucho que frunza el ceño no consigo poner cara de Hannibal Lecter. 
Es inevitable. Incluso he ensayado delante del espejo mi expresión más amenazadora, pero, incluso así, mi imagen es tan tierna como un monito tomando el biberón.

La verdad es que odio este trabajo. Bueno, en realidad he odiado cada trabajo que he tenido hasta el momento, todos en torno a la hostelería y el mundo de los teleoperadores.  
Y si hay algo que he aprendido en este tiempo es que a la gente se le activa la vena graciosa cuando habla por teléfono, sobre todo cuando se trata de una llamada anónima. Podría contaros cientos de anécdotas, montones de bromas de mis tiempos como camarera-telefonista en una franquicia de Telepizza.

—Telepizza, ¿dígame? —respondía yo al primer ring.
Buenas, quería una pizza familiar con doble de mozzarella, bacon, aceitunas y esas cosas vegetales…
—¿Alcaparras?
—No, esas que vienen en láminas.
—¿Champiñones?
—Pues tócame los cojones.

Podría seguir hasta mañana.

Lo dicho, la gente es muy graciosa, pero al final de una jornada oyendo chistes cuya misión no es otra que partirse el culo de risa a tu costa, a mí siempre se me inflama la vena yugular de tanto reprimirme. Porque ese es otro asunto denigrante: al cliente siempre se le responde con amabilidad, da igual lo graciosillo, irónico o maleducado que sea, tú te muerdes la lengua y respondes con educación, por mucho que se te hinche la vena y te lata en el cuello de forma inquietante.

Por eso no sabría decir qué era peor, si soportar repetidas broncas y chistes telefónicos o reprimir los ataques lujuriosos de los clientes del bar.

Claro que en este último caso la culpa es de nuestro jefe, que nos obliga a vestirnos de cabareteras del lejano Oeste, unos atuendos que rozan la indecencia y apenas nos cubren las tetas. Para colmo, todas las noches en dos pases, a las diez y a las doce, suena de forma automática el Galop Infernal de Offenbach, vulgarmente conocido como cancán. Entonces nosotras, cuatro camareras en total, tenemos que dejar lo que estamos haciendo y ponernos a bailar. A mí no me resulta difícil, porque tengo sentido del ritmo y sé moverme. Pero para Didi es un auténtico suplicio, y se pasa los tres minutos con la lengua fuera, literal y ligeramente torcida hacia la izquierda, en un acto profundo de concentración. No se le da muy bien bailar, en eso también se parece al maestro Yoda, pero la contrataron porque es guapa y tiene buen cuerpo.

Me apuro con las cervezas. Faltan dos minutos para que comience el segundo pase de la noche y no quiero que la música me pille en medio del local con tres jarras de cerveza en cada mano. Me ocurrió una sola vez, cuando apenas llevaba una semana trabajando en este sitio, y mi jefe me había aniquilado con la mirada, como si hubiera cometido un pecado capital. El muy cretino.

Aprieto el paso y llego a tiempo con las bebidas a la mesa de los trogloditas. Dejo las jarras delante de sus ojos vidriosos y el del pelo grasiento, rebozado por dentro de alcohol y testosterona, alza la mirada calenturienta hacia mí. Intercepto su sonrisa lasciva e intento hacerle un placaje con la mirada.

Pero no funciona. 
Ya os lo había dicho.

Tal como he previsto, intenta colar su mano por debajo de mi falda. Sabe que nuestro jefe no va a echarse las manos a la cabeza al mismo tiempo que le grita: "¡Oh, Dios mío, ¿qué has hecho?! ¡Sal de aquí antes de que te parta dos costillas y algún que otro hueso innombrable!". 
No, nada de eso. Mi jefe no iba a mover un dedo para defenderme. Ni a mí ni al resto de las chicas. 
Sin embargo, Pelo Grasiento ignora que bajo mi apariencia de ángel se esconde un carácter vengativo.

Noto su manaza rozando el miriñaque de mi falda. Antes de que esta logre agarrarme el trasero, mi mano derecha vuelve a sujetar una de las jarras, cargada con medio litro de cerveza, en un inequívoco gesto amenazador.

Nos retamos con la mirada. Él deja su mano en suspensión, a tres centímetros de mi culo, por debajo del petticoat, yo sostengo la jarra de cerveza en alto y le digo mentalmente, con mi cara de ángel vengador, que si me roza las carnes le voy a lavar el pelo mugroso con cerveza.
Sus amigotes, atentos a lo que ocurre, comienzan a palmear la mesa en un claro acto alentador. Pelo Grasiento no aparta su mirada de la mía, ni yo de la suya, como en un verdadero duelo del Oeste. Envalentonado, aproxima la mano otro centímetro, yo levanto la jarra un palmo más arriba y la coloco justo encima de su cabeza, dispuesta a vaciarla. Un nuevo pulso con la mirada y después noto sus dedos rozando mi trasero. 

¡Será cabrón!

Decidida, voy a echarle la cerveza encima, pero entonces, y para mi disgusto, comienzan a sonar las primeras notas del Galop Infernal. Y me retraigo. Enfurecida, roja de ira y tragándome el sabor de la bilis que me sube por el esófago, dejo la jarra en la mesa ante el entusiasmo de los trogloditas, que celebran la victoria de Pelo Grasiento con vivas y vítores.

Me reúno con las chicas en el centro del local y comenzamos a bailar: yo con gesto de exterminador de villanos, y Didi con la punta de la lengua señalando al Oeste. Mis pasos son automáticos y mi expresión refleja lo harta que estoy de este maldito trabajo y de un jefe que roza la misoginia.

Las cuatro seguimos el ritmo frenético de la música, unas con más dificultad que otras. Levantamos nuestras faldas y las agitamos hacia los lados, dejando a la vista ligueros y  culottes con volantitos. Cuando el cancán entona su parte más desaforada, nosotras ya estamos subidas a la barra del local. Es ahora cuando levantamos la rodilla derecha hasta que roza nuestra cintura y nos la sujetamos con la mano. Entonces a Cristi, que está a mi lado y ha presumido toda la jornada de haberse zampado un fabada mortal en el almuerzo, se le escapa un cuesco sonoro, audible, esplendoroso en toda su esencia asturiana. Me mira de reojo intuyendo que lo he escuchado y me ofrece una risita de disculpa.

Me contagio de su risa y me relajo un poco, hasta que comienza el movimiento que todos están esperando. Las piernas se estiran y se encogen, arriba y abajo, arriba y abajo, esbeltas y altivas, una y otra vez, desafiando nuestro sentido del equilibrio. Por las miradas que me prodiga Cristi sé que ella compone su propia sinfonía, pero yo ya no oigo otra cosa que las notas endiabladas del cancán.

Didi está a mi izquierda, y en esta parte de la pieza siempre la agarro con fuerza, con la mano que tengo libre, porque temo que se vaya abajo y nos arrastre a las demás, aunque hasta ahora siempre ha salido triunfante de cada pase. Sé que odia este trabajo tanto como yo, y no se explica cómo después de una licenciatura en Filología y un máster ha terminado bailando el cancán en un bar country. Yo me lo tomo con más estoicismo, y siempre le digo que vendrán tiempos mejores, pero lo cierto es que hace cuatro años que terminamos nuestras carreras y solo hemos conseguido trabajos de mierda.

Bajamos de la barra, sofocadas y con ciertas dificultades para tomar aire dentro de los corsets burlesque. Entonces hacemos pases individuales por las mesas con nuestra mejor sonrisa de Joker; amplia pero fingida.
Llego junto a la mesa de los trogloditas y vuelvo a sentir un sofoco de ira. Sacudo la falda delante de sus caras socarronas y el ambiente enseguida se satura de silbidos y gritos hoscos que se mezclan con nuestros trinos cabareteros. La pieza llega a su final; tan solo queda un elevamiento de pierna, la derecha, que mantenemos en alto mientras giramos el cuerpo antes de terminar en el suelo con un split o spagat , más o menos logrado.

Frente a la mesa Oklahoma, concentro la mirada en Pelo Grasiento. Él me mira embobado, ebrio, con el rostro sudoroso y la boca brillante de su propia saliva. Siento repulsión, pero mis labios esbozan una sonrisa torcida, anticipatoria, triunfal. Él advierte mi gesto permisivo y también ríe, pero  solo un instante, durante un momento frugal antes de adivinar mis planes, justo hasta que mi pierna, elegantemente estirada, derriba de un golpe certero la jarra de cerveza sobre sus pantalones. 

Por cierto, me llamo Verbena, y busco un nuevo empleo.


©Mayte Uceda