viernes, 31 de mayo de 2013

EL VIEJO Y EL MAR




Cudillero
Estoy segura de que este título os recuerda  a una historia escrita por alguien llamado Ernest Hemingway hace unos cuantos años. Voy a hacer, entonces, una pequeña modificación y titularé esta entrada EL VIEJO Y LA MAR, que dirían en el lugar donde vivo.

Es el relato de algo que me ocurrió días atrás, un episodio cotidiano que sin embargo me dejó una sensación mitad dulce y mitad amarga. 

Sucedió una tarde cuando me dirigía a buscar mi coche aparcado en el muelle. Unos momentos antes de llegar hasta él, había rebasado con mi paso ligero a un anciano que caminaba con las manos a la espalda, la postura un poco encorvada y la mirada clavada en la mar. Lo conocía de vista, pero nunca habíamos intercambiado una palabra.

Llegué a mi coche y me entretuve buscando las dichosas llaves que, como siempre, jugaban al escondite en el fondo de mi bolso. El viento no ayudaba mucho y se empeñaba en enroscarme el pelo alrededor de los ojos. Cuando por fin las encontré, me dispuse a abrir la puerta. Pero entonces intuí por el rabillo del ojo que alguien se aproximaba.
Me encontré con el anciano que se dirigía hacia mí, acelerado.
   —¿Vas p´arriba? —me preguntó haciendo un gesto con la mano en dirección a la empinada carretera del puerto.
   —Sí, a Villademar —respondí.
   —¿Me subes?
   —Claro —volví a contestar.

Le abrí la puerta del copiloto y se acomodó como pudo en el interior del reducido espacio. No era un hombre bajo, a pesar de que la edad ya le habría rebanado algunos centímetros de estatura. Se atusó el pelo blanco y abundante con las manos y, a través de la ventanilla, echó un vistazo a la agitada superficie marina que mostraba montones de borreguillos blancos cabalgando arriba y abajo las olas.
Abandonamos el aparcamiento y recorrimos el escaso trayecto que bordea el muelle.

   —Hoy bate mucho la mar —observó.
   —Sí —asentí, y me percaté de que había más barcos que de costumbre abarloados en el muelle—. Con este temporal cualquiera sale a faenar.
   —Ahora todos los temporales pillan a las lanchas en tierra —dijo—. Con esos aparatos tan modernos siempre saben cuándo se les cae el cielo encima o dónde tienen que ir para quedarse bajo capa. Antes era otra cosa. Fui a la mar con doce años, y tengo ochenta y cinco.

Sentí un leve escalofrío. Mi hijo tiene once años y lo único que me preocupa en estos momentos es el campamento de verano.
Giré la cabeza y lo observé de forma intermitente, sin apenas despegar la vista de la carretera. El pelo contrastaba intensamente con el tono bronceado de su rostro, y todavía conservaba la piel curtida de los que reciben los temporales de frente, mirándolos a la cara.

Se volvió hacia mí durante un segundo. Me fijé en sus ojos empequeñecidos por el tiempo. Eran de un azul vivo y limpio; serán parte de su herencia vikinga, pensé, pues los habitantes de este pueblo, oculto a los ojos de los navegantes, presumen de tener antepasados de origen nórdico, cuya única evidencia es el vocabulario de la misma procedencia que se encuentra camuflado en el dialecto local: el pixueto.
   Cuando yo empecé en la mar, las galernas te agarraban desprevenido —me dijo—, y las pasábamos muy putas de regreso a puerto. Al principio tenía tanto miedo que le pedía a mi madre llorando que no me mandara más. 
Me costaba imaginar a un niño pocos meses mayor que mi hijo en la misma tesitura. El anciano percibió mi expresión desconcertada y añadió: 
   —¿Qué iba a hacer, la pobre? Se necesitaba el jornal. Mi otro hermano fue al año siguiente. Toda la vida en la mar, los dos, y nunca aprendimos a nadar.

Volví a mirarlo con estupefacción. Ya había oído otras veces que muchos marineros de entonces ni siquiera sabían nadar, pero no por ello dejaba siempre de sorprenderme.

Culminamos la carretera del puerto y llegamos a la llanura.

   —Déjame aquí —anunció nada más que el coche quedó nivelado con el terreno—. Voy a casa de mi hija y quiero dar un paseo, ya me quitaste lo peor. 

Detuve el coche en la orilla y se bajó. Me hubiera gustado que el viaje fuera un poco más largo, así habría tenido tiempo de oír alguna historia que probablemente este viejo marino atesoraría en algún refugio de la memoria.

Antes de marcharse me hizo un gesto con la mano. Luego, sonrió.
Seguí mi camino mientras lo contemplaba por el espejo retrovisor. Avanzaba sin prisa, pero con paso decidido y cierto vigor aún latente en su forma de moverse. Todo eso a pesar de tantos soles y tantas lunas, a pesar de transpirar salitre por los poros de la piel, de cientos de jornadas con la ropa húmeda adherida al cuerpo y el rancho justo para llevarse a la boca.

Va a ser verdad que son medio vikingos, me dije.
***
Dedico esta entrada a los marineros de cualquier orilla, pero especialmente a los del mar Cantábrico, ese mar que se empeña en abrazar con sus extremidades de espuma a todos los que osan hacerle frente. A los de antes, a los de ahora, a los que nunca volvieron y a los que todavía los lloran.
Para ellos, toda mi admiración.
***
Con permiso de Triskelo os dejo estas imágenes caseras del último gran temporal en el Cantábrico. Fueron grabadas en Cudillero, y reconozco que yo no tuve el valor de colocarme tan cerca para contemplar semejante espectáculo, aunque después de ver el final del vídeo creo que hice bien en permanecer a cierta altura.












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